Una canción vallenata que enseña a vivir: la filosofía de Hernán Urbina Joiro
"Una canción por el camino", obra del poeta y médico guajiro Hernán Urbina Joiro, es más que música: es una reflexión sobre cómo asumir la vida con dignidad, aprender del dolor y ser auténtico sin buscar aprobación ajena. A través de versos interpretados por Iván Villazón, la canción propone vivir con coherencia interior, reconocer nuestra complejidad humana y preferir el propio vuelo antes que compararse constantemente con otros.
Hay canciones que llegan sin avisar. Aparecen en una parranda, en la radio de fondo, en una conversación entre amigos, y de repente se quedan ahí, adentro, sin permiso. No son necesariamente éxitos de radio ni canciones pensadas para romper en las listas. Algunas están destinadas a algo más profundo: a encontrarnos, a decirnos lo que no sabíamos que necesitábamos escuchar.
Así sucedió con "Una canción por el camino", creación del poeta y médico guajiro Hernán Urbina Joiro, interpretada con tanta carga emocional por Iván Villazón y acompañada del acordeón expresivo de Iván Zuleta. La primera vez que suena puede ser cualquier noche, en cualquier momento. Pero cuando alguien, con toda el alma, pide que la repitan varias veces, cuando insiste no por capricho sino porque necesita que otros sientan lo que él está sintiendo, entonces la canción deja de ser música de fondo. Se convierte en un espejo. En un relato de la propia vida.
Desde el primer verso, Hernán Urbina Joiro construye una filosofía de vida que no parte de la queja ni del conformismo, sino de la dignidad. "Se me mandó a vivir la vida que me dieron y aquí la llevo con la misma dignidad…". En esa frase hay una aceptación consciente del destino, pero no pasiva. Es la decisión de vivir con altura moral aun cuando todo empuja en otra dirección. La vida no se elige, pero sí la manera de asumirla.
Luego viene una verdad incómoda que el poeta enfrenta sin rodeos: "Tan sólo enseña el sufrimiento…". El dolor, aunque nadie lo busque, tiene una capacidad única: nos forma, nos moldea, nos obliga a mirarnos por dentro. Por eso quien ha sufrido sabe algo que otros no. Pero la canción no se queda en la angustia. Construye una metáfora potente sobre la existencia: el camino. "Camino lindo que no acabas…". No habla de metas finales ni de llegadas triunfales. Habla del trayecto, de entender que vivir no es llegar sino aprender a andar. Y en ese andar, cada paso tiene sentido.
Hay un verso que marca profundamente: "He visto todo lo que vuela, pero yo prefiero mi volar". En un mundo que nos empuja constantemente a compararnos, a mirar lo que otros logran, esta frase es casi un acto de rebeldía silenciosa. No se trata de negar las alturas ajenas, sino de reconocer que cada quien tiene su propio vuelo, su ritmo, su forma de ser. Es una invitación a la filosofía estoica: enfocarse en lo propio, aceptar lo que no depende de uno, vivir con coherencia interior.
El poeta sigue rompiendo cadenas. "Yo no pedí que me dijeran que soy bueno…". Hay tanta libertad en esas palabras. No vivir buscando que otros validen lo que somos, sino ser fieles a lo que sentimos en el fondo. Recuperar la autenticidad aunque eso signifique no agradarle a todos. Y luego reconoce lo que muchos evitan: "Fui bueno y malo…". Sin perfección, solo humanidad. Aciertos y errores, luces y sombras. Porque la esencia, dice el poeta, no está en la apariencia sino en la expresión: "Lo que soy no puede verse… sólo puede oírse en mi cantar".
El cierre es quizás uno de los más honestos que pueden escucharse en un vallenato: "He visto todos los disfraces y prefiero el mío al caminar". En una sociedad donde muchos se ponen máscaras para encajar o simplemente sobrevivir, elegir ser uno mismo requiere valentía. Requiere carácter. Requiere incluso estar dispuesto a no gustarle a algunos. Pero es la única forma verdadera de vivir con sentido.
"Una canción por el camino" no es solo música vallenata. Es una declaración de principios. Una invitación a vivir con dignidad, a aprender del dolor, a caminar sin espiar lo que hacen otros y a ser sin pedir permiso. Porque la grandeza, al final, no está en volar más alto que los demás, sino en volar fiel a uno mismo.
Fuente original: Diario del Norte
