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Un Día de Madres sin ella: el recuerdo que permanece en cortos días y largas noches

Fuente: Diario del Norte

Un hijo recuerda a su madre ausente en el Día de Madres, evocando cómo ella sostuvo la familia después de la muerte del padre y dejó un legado de valores más importante que cualquier bien material. A través de sus memorias, refleja cómo una mujer que nunca fue a la escuela se convirtió en la brújula moral de su familia y su comunidad, demostrando que la verdadera riqueza está en el amor, la humildad y el ejemplo vivido.

Hay una canción que persigue los pensamientos en días como hoy. Se llama "Querida mamá", compuesta por Camilo Namen Rapalino, y en ella alguien canta: "Mi papá se murió, y tú hiciste sus veces, nos uniste a todos y llevaste la rienda, pero ahora que te vas el alma se entristece". Esas palabras cobran sentido especial cuando el Día de Madres llega y la silla en casa sigue vacía. La ausencia física es dura, pero el recuerdo permanece incólume, intacto, ganando fuerza cada amanecer.

Despertó en la madrugada de este día con la ilusión del sueño todavía tibia en el corazón. En ese sueño, ella estaba allá, esperándolo en la casa de viaje con un abrazo y una frase al oído que el tiempo se ha encargado de robar. Un gallo cantó en la casa vecina y confirmó la realidad cruel: solo fue un sueño. Pero mientras viva, cada uno de sus días seguirá siendo el día de ella, porque mientras cumpla su santa voluntad, ella seguirá presente.

La visita a la casa natal lo devolvió a esos años tiernos de la infancia, sentado en la mecedora donde ella tomaba su café y mecía tanto las penas como las alegrías. Creció sin servicios públicos, heredero de un apellido complicado, pero rico en los valores que ella cultivó junto a un padre maravilloso, inteligente, humilde y entregado a la defensa de los derechos de los pueblos. Luego visitó el cementerio "Corazón fino" donde duermen ahora con la esperanza de la resurrección. Las flores dejadas allá quedaron para que germine el consuelo.

El día en que ella se fue fue gris, anunciando una mala noticia que Dios ya le había susurrado en sueños. Hasta el cielo de su pueblo lloró en pleno verano, y después se cubrió de un azul inmenso como si las puertas del cielo se hubieran abierto para recibirla. Una llovizna pertinaz cayó sobre todos hasta el amanecer. Luego se le unieron en la otra orilla el hermano mayor Álvaro y las hermanitas Lolita y Ceci. Quedó sin mamá el más pequeño de la casa, pero su pechiche de toda la vida sigue alentándolo, haciéndolo sentir que no está solo.

Dios sabía bien lo que se llevaba: una mujer excepcional que entregó todo de sí a la defensa del terruño, que daba de comer a quien no tenía sin esperar nada a cambio, que intervenía en todos los problemas para tender puentes y evitar guerras familiares. Era una autodidacta experta en soluciones alternativas de conflictos. Su palabra era escuchada, respetada y acatada porque su inteligencia natural era su mejor patrimonio. Nunca fue a la escuela, aprendió a leer y escribir gracias a la generosidad de otros, trabajó desde los quince años en el campo y en la casa haciendo tabacos con la abuela para vender.

De su padre y su madre no heredó bienes materiales, pero recibió algo infinitamente más valioso: el amor entre la familia, las buenas amistades, los ejemplos, la humildad y las buenas costumbres. Nació en Monguí con las manos vacías y se fue con ellas vacías y laceradas por el trabajo honrado, sin arrepentimientos, sin importarle la ingratitud de otros, pero orgullosa de su obra y con Dios en el corazón.

Cuán inteligente fue el padre al elegir la madre para esta familia. No pudo hacerlo mejor. Virtuosa en el trabajo, generosa con su tiempo, sabia en sus soluciones, todo eso sin las credenciales de un colegio. Esas circunstancias no causan pena; al contrario, acrecientan el orgullo de haber nacido de sus entrañas y de recibir de sus ojos la luz de su genialidad. Eso vale más que todo el dinero del mundo.

Fuente original: Diario del Norte

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