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Un archivo de memoria oral rescata las historias olvidadas de una comunidad isleña

Fuente: El Isleño
Un archivo de memoria oral rescata las historias olvidadas de una comunidad isleña
Imagen: El Isleño Ver articulo original

Un proyecto de memoria oral en una comunidad isleña llevó a su creador a recorrer historias de decenas de personas cuyas vidas guardan la esencia de una cultura amenazada por el olvido. Desde conversaciones en patios hasta descubrimientos sobre ancestros olvidados, la iniciativa se convirtió en un ejercicio de autodescubrimiento. Las voces recopiladas revelan cómo la tradición oral persiste en iglesias, negocios, cementerios y en la memoria colectiva de quienes se niegan a dejar morir su herencia.

Lo que comenzó como un sueño guardado durante años finalmente tomó forma cuando una amiga lo recomendó para coordinar un proyecto de memoria oral. En ese momento, cuenta el autor, supo que había llegado el tiempo de empezar. Lo que parecía ser simplemente una labor de escucha se reveló como una disciplina rigurosa: crear un espacio donde pudieran converger personas unidas no solo por su generación, sino también por la de sus ancestros.

El viaje llevó al autor a visitar decenas de hogares, patios y espacios públicos en la comunidad isleña. Conversó con su primo Fidel Corpus, quien le recordó que la esencia de los isleños es un todo donde el español, el inglés y el creole conviven sin jerarquías. Subió a Barkers Hill para sentarse con Miss Lovel Garnica, quien le enseñó que escuchar es una forma de amor. En el patio de Miss Lucia Barker encontró un cuaderno extraordinario: un registro de todos los difuntos desde mil novescientos sesenta hasta hoy.

Las historias comenzaron a multiplicarse. Conoció a un hombre que vive en San Luis a través de las lecturas de Castro Caycedo, García Márquez y Hemingway. Descubrió que uno de sus entrevistados había sido alumno de su abuelo, algo que durante años creyó que pertenecía solo al territorio de los mitos familiares. Con Jayson Taylor indagó sobre por qué los hijos de Providencia se convirtieron en referentes académicos. Luis Archbold guardaba en su memoria tres mil nombres, una genealogía que representa su manera de permanecer conectado a una patria a la que no piensa regresar.

La fe apareció una y otra vez en las conversaciones. Rima Ayala Gordon cantaba con inquebrantable convicción. Erminda Reid entonó su himno favorito. Mista Dick, un navegante que conocía tanto de santos como de piratas, siempre buscaba la iglesia en cada puerto. Un barbero en Rock Hole transformó su peluquería en un ágora donde entre el ruido de las máquinas se debatía historia, filosofía y recuerdos de una San Andrés que se desvanecía.

Lo que sorprendió al autor fue una revelación personal: no estaba entrevistando a nadie, se estaba descubriendo a sí mismo. Cada conversación le mostraba capas de su propia identidad. Con Lucho O'Neill, artista que mantiene vivo el legado cultural, compartió la melancolía de ver cómo una comunidad se transforma. Con Samuel Bereskli Robinson, heredero de un nombre que conecta Polonia con Providencia desde el siglo dieciocho, comprendió cómo las raíces se hunden profundamente en la tierra ajena.

Hacia el final del proceso, la comprensión fue clara: la memoria oral sigue viva en los patios, continúa cantando en las iglesias y permanece escondida entre los montes, los apellidos, los cementerios y el mar. Mientras haya alguien dispuesto a escuchar, nadie podrá arrebatarle a esta comunidad aquello que le pertenece: su propia historia.

Fuente original: El Isleño

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