Un año de tensión entre Petro y Trump: ¿reconciliación a la vista?

La relación entre Colombia y Estados Unidos atravesó un año turbulento marcado por choques entre los presidentes Gustavo Petro y Donald Trump, desde el rechazo a deportados en enero hasta sanciones económicas en octubre. Sin embargo, después de una llamada telefónica en enero que bajó la tensión, ambos se reunieron el 3 de febrero en la Casa Blanca con la esperanza de normalizar una relación fundamental para el comercio y la seguridad de Colombia. La estrategia parece estar funcionando: Petro ya ha tomado acciones como bombardeos en el Catatumbo y extradiciones de narcotraficantes para cumplir exigencias estadounidenses.
La relación entre Colombia y Estados Unidos vivió un año de crisis constantes y sobresaltos, con diferencias profundas entre el presidente Gustavo Petro y Donald Trump en temas de seguridad, diplomacia y comercio. Todo comenzó apenas seis días después de que Trump asumiera su segundo mandato, el 26 de enero de 2025, cuando Petro se negó a permitir el ingreso de dos aviones con deportados estadounidenses porque venían esposados. La situación casi desemboca en una guerra arancelaria, pero se resolvió el mismo día. Sin embargo, dejó una herida que se fue agrandando en los meses siguientes.
Durante 2024, el comercio entre los dos países alcanzó los 53.300 millones de dólares, consolidando a Estados Unidos como el principal socio comercial de Colombia y el mayor inversor histórico. Esa relación económica es vital para el país, pero las tensiones políticas la pusieron en riesgo. Las críticas constantes de Petro hacia Trump sobre temas como la guerra contra el narcotráfico en el Caribe, la captura de Nicolás Maduro y la situación en Gaza, llevaron a Washington a retirar a Colombia de la lista de países certificados en la lucha contra drogas en septiembre. Después vinieron más golpes: el retiro del visado a Petro por su participación en una manifestación propalestina en Nueva York y, lo más grave, las sanciones del Departamento del Tesoro en octubre que incluyeron al presidente, su esposa Verónica Alcocer, su hijo Nicolás y el ministro Armando Benedetti en la lista de Control de Activos Extranjeros.
El punto de quiebre llegó cuando Trump comenzó a calificar a Petro como "líder del narcotráfico". Pero justo cuando parecía que todo se derrumbaba, el 7 de enero Trump aceptó una llamada del presidente colombiano que cambió el rumbo. Esa conversación abrió la puerta para que se reunieran en la Casa Blanca el pasado 3 de febrero, un encuentro histórico que levantó expectativas en Colombia sobre si finalmente la tensión bajaría.
Lo relevante es que Petro comenzó a cumplir con las exigencias estadounidenses antes de la reunión: bombardeó la zona del Catatumbo en la frontera con Venezuela y extraditó al narcotraficante Andrés Felipe Marín Silva, alias Pipe Tuluá. Este último aseguró haber entregado dinero a la campaña presidencial de Petro en 2022 a través de su hermano Juan Fernando, afirmación que planea presentar como evidencia en un juzgado estadounidense.
La verdad es que la relación Colombia-Estados Unidos es resiliente. A pesar de los ruidos políticos, los cimientos no se rompieron. Cuando surgió fricción, existieron canales formales e interlocución para desescalar antes de que lo político dañara definitivamente lo económico. Eso quedó demostrado el 26 de enero cuando el conflicto de los deportados se resolvió el mismo día.
Para que la reunión del 3 de febrero siga dando frutos, la relación tiene que ir más allá de los gobiernos. Requiere una gestión permanente con el sector privado, el Congreso, agencias técnicas y centros de pensamiento para mantener los canales abiertos, proteger la confianza mutua y seguir separando lo político de lo económico. De eso depende que Colombia mantenga su mejor aliado en seguridad y su principal socio comercial.
Fuente original: Periódico La Guajira