Tras las paredes: el silencio de quienes viven encerrados en sus propias casas

Un análisis sobre el aislamiento forzado que viven muchas personas en sus hogares, especialmente mujeres, niños y adolescentes, producto de la violencia estructural y la fragmentación de los lazos comunitarios. El texto reflexiona sobre cómo este encierro invisible afecta la construcción de la identidad y el desarrollo, mientras las instituciones permanecen indiferentes. Se trata de un cautiverio que poco se habla en público, pero que genera malestares que hierven peligrosamente.
Cuando alguien vive encerrado, su mente trabaja a mil. Pero de casi todo lo que piensa, prefiere guardar silencio. Porque hablar de eso en público genera vergüenza. Podríamos llamarlo reclusión, aislamiento, apartamiento o recogimiento, pero todas esas palabras señalan lo mismo: ese acto de cerrarse hacia adentro y echar cerrojo.
Lo que está sucediendo es que los lazos entre las personas y sus comunidades se están fragmentando. Y cuando eso ocurre, hay familias enteras que quedan del otro lado: en espacios sin orden, donde reina el silencio, donde las infancias se desvanecen y los malestares individuales crecen a temperaturas peligrosas. De ahí salen violencias y un agotamiento que consume.
La historia da fe de esto. A lo largo de los siglos, las mujeres han sido exiliadas a la fuerza. Se les ha encerrado en islas de aislamiento o en palacios vigilados. El caso de Juana I de Castilla, conocida como Juana la Loca, quien estuvo recluida durante cuarenta y seis años, debería invitarnos a pensar honestamente sobre cómo nombramos ciertos dolores que la palabra "locura" no logra explicar.
Lo curioso es que sentirse aislado no es lo mismo que vivir el aislamiento. Hay eventos violentos que empujan a la gente al encierro. Hay personas que no recuerdan hace cuánto tiempo dejaron de caminar por la ciudad a su ritmo, de ver el mundo con sus propios ojos. Hay algo casi hipnotizante en cómo viven camufladas estas personas. Uno no se concibe así, maniatado.
Esto no es como los retiros espirituales que eligen los monjes para cultivar su fe. Es un cautiverio ligado a la violencia que estructura nuestra sociedad. Y lo más preocupante es que no solo afecta a adultos: niños y adolescentes también quedan atrapados, excluidos del sistema educativo, sin contacto con sus barrios. Hay familias raizales que además cargan con una maldición relacionada con el tráfico de drogas, lo que las profundiza aún más en el aislamiento.
Para muchas niñas, niños y adolescentes, la forma en que se construyen como personas no viene de la escuela o del encuentro en la calle. Sus ideas sobre la vida se forman mirando por las grietas de las ventanas de su casa. Lo perturbador es que todo esto ocurre mientras las instituciones, la iglesia y los vecinos observan sin hacer nada.
El doble encierro de las mujeres es algo que ya hemos discutido en otros espacios. Lo mismo ocurre con personas que enfrentan problemas de salud mental, discapacidad o consumo de sustancias psicoactivas. Dentro de estos archipiélagos invisibles, hay mujeres y niñas olvidadas en el intersticio, ese espacio entre espacios donde nadie las ve y nadie las busca.
Fuente original: El Isleño

