Smartwatches y anillos inteligentes: la ilusión de controlar tu salud desde la muñeca

Millones de colombianos usan dispositivos para monitorear su corazón, sueño y estrés creyendo que tienen el control de su salud. Pero expertos advierten que estos aparatos a menudo adivinan más que diagnostican, pueden generar pánico innecesario y sus sensores funcionan peor en pieles oscuras. El verdadero negocio no es el dispositivo, sino vender suscripciones mensuales con datos que requieren supervisión médica para interpretarse correctamente.
Hoy cualquiera puede comprar el mismo reloj inteligente que usa un ejecutivo de Silicon Valley o la misma pulsera que registra los latidos de Cristiano Ronaldo. Parece el fin de depender del consultorio para entender lo que pasa en nuestro cuerpo. Pero esa sensación de autonomía esconde una trampa: mientras millones de personas se obsesionan con cifras en una pantalla, la ciencia advierte que estamos delegando nuestra tranquilidad mental en algoritmos que frecuentemente adivinan más de lo que realmente diagnostican.
Lo que comenzó como un simple contador de pasos hoy es una central de recolección de datos que analiza los impulsos eléctricos del corazón y la saturación de oxígeno. Pero detrás del diseño minimalista hay una industria que convirtió el cuerpo humano en una mina de información. El Dr. Alejandro Hernández Arango, médico internista y especialista en informática médica de la Universidad de Antioquia, explica que el cambio es cultural, no solo tecnológico. "La tendencia hoy es hacia el bienestar. Ya no solo medimos si te vas a morir o no, sino qué tan bien vives y te sientes", explica a EL COLOMBIANO. El problema es que la gente quedó atrapada en un laberinto de señales que no siempre logra interpretar.
La confianza ciega en estos aparatos choca violentamente con la realidad médica. Geoffrey A. Fowler, columnista de The Washington Post, confió una década completa de sus datos de salud a la inteligencia artificial de ChatGPT Health para que evaluara su corazón. El sistema le asignó una calificación de "F". Con una seguridad digital inquietante, la IA le advirtió que su salud cardiovascular estaba en niveles críticos. Asustado, Fowler fue donde su cardiólogo. Después de los exámenes correspondientes, el veredicto fue totalmente opuesto: su riesgo de infarto era tan bajo que ni siquiera necesitaba pruebas adicionales. El problema fue estructural: la IA tomó datos imprecisos del Apple Watch (estimaciones de oxígeno y variabilidad del pulso) y los procesó como si fueran mediciones exactas de un laboratorio clínico. El Dr. Hernández resume el problema con una frase que ya conocen los informáticos: "Garbage In, Garbage Out (si entra basura, sale basura). Muchos indicadores como 'recuperación' o 'calidad del sueño' son estimaciones basadas en algoritmos. Deben interpretarse con mucha cautela desde el punto de vista científico". El riesgo es doble: Fowler recibió un susto innecesario que saturó un consultorio, pero otro usuario podría recibir una "A" de una IA y ignorar síntomas reales de una enfermedad silenciosa.
Estos dispositivos trajeron un efecto secundario que los médicos ya conocían en las unidades de cuidados intensivos, pero que ahora invade nuestras salas: la fatiga de alerta. En el Hospital Alma Mater, uno de los más avanzados del mundo, el equipo de Hernández gestiona miles de señales diarias. Un médico en una unidad de cuidados intensivos puede recibir más de 100 alertas por hora. Eso se convierte en ruido de fondo y hace que se ignoren complicaciones reales. Ahora ese bombardeo llega al ciudadano común. Notificaciones sobre estrés o ritmos cardíacos acelerados generan lo que expertos llaman "cibercondría", empujando a personas sanas a las urgencias. A esto se suma un problema que rara vez se menciona en las tiendas: la mayoría de estos sensores ópticos fueron entrenados con datos de pacientes de piel clara. "Los fototipos de piel más oscuros interfieren mucho más con el haz de luz del sensor", aclara el Dr. Hernández. En Colombia esto es crítico: el margen de error de un medidor de pulso o saturador de oxígeno en un reloj inteligente podría ser mayor al que prometen las cajas de los productos.
El verdadero negocio detrás de estos aparatos es más agresivo de lo que parece. Las empresas no solo venden el reloj, sino el acceso a su interpretación. Marcas como Whoop y Oura popularizaron modelos de suscripción donde si dejas de pagar la mensualidad, el dispositivo se convierte en un trozo de plástico sin utilidad. El negocio real no es el sensor, sino los datos recurrentes que vende cada mes. El marketing fue brillante: nos convencieron de que necesitamos medir nuestra Variabilidad de la Frecuencia Cardíaca con la misma obsesión que un atleta olímpico. Pero como explica el Dr. Hernández, "el electrocardiograma clásico mide el corazón desde 12 puntos de vista; el reloj solo desde uno". Estamos pagando por ver una sombra de la realidad creyendo que tenemos el mapa completo.
Sin embargo, el médico no rechaza la tecnología. En el Hospital Alma Mater lidera investigaciones con inteligencia artificial para encontrar señales ocultas en pacientes críticos. "La tecnología es una herramienta increíble para ver tendencias. Yo le puedo decir a un paciente: use su reloj, tómese el registro y mándeme el PDF", comenta. El valor real no está en un dato aislado que asustó a Fowler, sino en la historia que cuentan esos datos durante semanas o meses bajo la supervisión de un médico que entienda el contexto completo.
El futuro apunta a llevar la atención médica al hogar, lo que se conoce como "hospital líquido". "El hospital es un lugar inseguro desde el punto de vista clínico, pues los pacientes se pueden infectar. La tendencia es llevar todo a un ambiente más seguro como el hogar". Para que esto funcione en Colombia, el desafío es la integración: los datos de estos dispositivos deben migrar directamente a la historia clínica electrónica del paciente, pero eso requiere regulación clara y educación médica profunda.
Fuente original: El Colombiano - Tecnología