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San Andrés ahoga en basura mientras pierde su identidad raizal ante la crisis ambiental

Fuente: El Isleño
San Andrés ahoga en basura mientras pierde su identidad raizal ante la crisis ambiental
Imagen: El Isleño Ver articulo original

San Andrés enfrenta su peor momento ambiental: 1.1 millones de turistas anuales saturan una isla de apenas 27 kilómetros cuadrados, generando 90 a 120 toneladas de residuos diarios. Coralina declaró alerta amarilla por contaminación de aguas subterráneas, mientras el Pueblo Raizal sufre invasiones de tierras con basura y despojo territorial silencioso. El relleno Magic Garden está al colapso con apenas 17 meses de vida útil, y la falta de voluntad política agrava una crisis que amenaza hasta el estatus de Reserva de Biósfera Seaflower de la UNESCO.

San Andrés está asfixiada. No es una frase para impresionar. Es la realidad que respira quien camina por sus barrios, recorre sus sectores rurales o se acerca al relleno sanitario Magic Garden. Entre la sobrepoblación descontrolada, un turismo que no deja de crecer y una alerta ambiental que nadie parece tomar en serio, la isla caribeña atraviesa quizás el momento más crítico de su historia.

Los números hablan por sí solos. El DANE registra 57 mil habitantes residentes, cifra que muchos consideran bajísima comparada con la realidad. Pero lo más preocupante es lo que llega todos los días: en 2025, San Andrés recibió más de 1.127.806 turistas, algo así como 100 mil visitantes por mes. Solo en el primer trimestre de 2026 ya suman 345.966, unos 115 mil mensuales. Una presión insostenible para 27 kilómetros cuadrados de terreno extremadamente frágil.

El 7 de mayo, la Corporación Autónoma Regional (Coralina) emitió una alerta amarilla que reveló lo que muchos raizales ya sabían: hay elevada presencia de nitratos, nitritos y contaminación fecal en las aguas subterráneas de distintos sectores de la isla. Es el colapso lento pero imparable de un territorio sometido durante décadas a la presión de la construcción sin control, el turismo masivo y la completa falta de planificación sostenible.

Pero detrás de los reportes técnicos está la historia de Albert, un especialista en agronomía que heredó terrenos de su padre donde antes del año 2000 casi nadie vivía. Con lo que pudo ahorrar levantó una malla reforzada alrededor de su propiedad. No fue un acto de vanidad, fue un acto de supervivencia. Durante años tuvo que soportar cómo nuevos vecinos arrojaban residuos sobre sus tierras, cómo alguien convirtió parte de su propiedad en una chatarrera a cielo abierto. Hierros oxidados, motores dañados, vehículos abandonados, plásticos voluminosos. La basura llegó primero que la ley.

Albert representa a una generación de raizales que todavía conserva sus tierras heredadas, muchas de ellas en riesgo porque permanecen sin construcciones y se vuelven apetecibles para invasiones. Al recorrer sectores rurales, la escena se repite una y otra vez: pequeños agricultores sembrando en lotes que ni siquiera les pertenecen, abandonados por inversionistas continentales que nunca volvieron. Y por donde uno mira asoma lo mismo: una chatarrera, un basurero improvisado, montañas de consumo acelerado acumulándose lentamente en medio de la reserva. Entre 90 y 120 toneladas de residuos sólidos ingresan a Magic Garden cada día.

San Andrés se continúa vendiendo al mundo como destino de sol y playa, pero esa postal turística esconde una realidad más cruda: rebosamiento de aguas residuales que contaminan el mar, lixiviados filtrándose al subsuelo, acumulación de basura en las aceras de los barrios, microplásticos integrados al paisaje costero. Más turistas significa más consumo, más hoteles, más construcciones, más vehículos, más gases. Y más barrios sin planificación significan daño a ecosistemas, pobreza, conexiones ilegales, vertimientos improvisados.

La lideresa raizal Silvia Montoya Duffis afirma que "la presión sobre el agua, la ocupación de humedales y manglares, el crecimiento poblacional desbordado y el deterioro de ecosistemas estratégicos están afectando directamente la calidad de vida y la permanencia cultural del pueblo raizal en su territorio ancestral". Ella recuerda casos como Villa Mary y New Guinea en San Luis, donde existen fallos judiciales de desalojo que nunca se han ejecutado. Es el despojo territorial silencioso que atraviesan hoy los raizales.

Lo inquietante es que después de la alerta de Coralina la inacción institucional ha sido casi tan grave como el propio diagnóstico. El secretario de Gobierno, Miguel Castell, reconoció que "compartimos la preocupación de la entidad ambiental, en el entendido de que son evidentes las razones que la fundamentan y que existen suficientes componentes técnicos y requerimientos anteriores que no tuvieron trámite porque no había voluntad política para enfrentar la grave crisis ambiental que se sigue acumulando". El líder ambiental raizal Neal Gómez Bent denuncia además que San Andrés, siendo Reserva de Biósfera, tiene apenas dos policías ambientales, lo que hace imposible aplicar comparendos cuando Coralina hace requerimientos.

Magic Garden es el símbolo más brutal del colapso. El relleno sanitario lleva más de tres décadas funcionando bajo presión constante y según inspección técnica de Coralina, su vida útil colapsó prácticamente. Tiene alrededor de 17 meses de capacidad operativa restante. Su amenaza afecta directamente a comunidades raizales del sector Schooner Bight, donde convivir con el relleno se ha convertido en una condena cotidiana. Detrás de sus vasos hay una imagen casi irreal: una montaña inmensa de basura elevándose sobre terrenos donde agricultores raizales todavía siembran yuca en pequeñas parcelas.

En medio del abandono institucional, la chatarra y los escombros también se convirtieron en una economía de supervivencia. Muchas personas acumulan residuos metálicos y piezas plásticas esperando venderlos algún día. Pero sin regulación ni infraestructura adecuada, esos depósitos se degradan lentamente hasta convertirse en focos permanentes de contaminación. San Andrés vive una paradoja dolorosa: necesita del turismo para sostener su economía, pero el mismo modelo que la sostiene amenaza con destruir lo que la hace única: un medio ambiente sano.

La isla incluso corre el riesgo de perder su reconocimiento como Reserva de Biósfera Seaflower otorgado por la UNESCO. Y lo más inquietante es que ese escenario ya no parece lejano porque resulta cada vez más difícil sostener que San Andrés no atraviesa una realidad de colapso sanitario y ambiental. Perder ese reconocimiento sería admitir que el modelo de desarrollo impuesto sobre el archipiélago destruyó precisamente lo que pretendía explotar. Pero significaría algo todavía más profundo: aceptar la tragedia lenta del Pueblo Raizal, que ha ido perdiendo su relación con la tierra, reducido entre la sobrepoblación, el despojo territorial y el deterioro de un territorio que alguna vez fue su hogar ancestral.

Fuente original: El Isleño

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