Rodrigo Lara, el heredero que busca redimirse como ministro del Interior

Rodrigo Lara Restrepo fue designado ministro del Interior por Abelardo de la Espriella para construir acuerdos con el Congreso. A los ocho años perdió a su padre, Rodrigo Lara Bonilla, asesinado por orden de Pablo Escobar cuando era ministro de Justicia. Después de casi dos décadas en política, con victorias legislativas pero también reveses electorales recientes, ahora asume una cartera donde su experiencia negociadora podría ser más valiosa que cualquier triunfo en urnas.
Cuando se necesita a alguien que sepa moverse entre pasillos, que entienda los códigos del Congreso y que logre tejer acuerdos sin perder la cabeza, el Ministerio del Interior es el lugar donde esa capacidad brilla. Por eso el presidente electo Abelardo de la Espriella eligió a Rodrigo Lara Restrepo para ser su enlace con el Legislativo y conquistar a los "indecisos" en las votaciones que vendrán.
El nombre Lara carga en Colombia un peso histórico que pocos pueden entender. Su padre, Rodrigo Lara Bonilla, fue cofundador del Nuevo Liberalismo junto a Galán y llegó a ser ministro de Justicia bajo Belisario Betancur. Llevaba apenas ocho meses en el cargo cuando se convirtió en la bestia negra de Pablo Escobar. Desde la cartera impulsó una ofensiva frontal contra los carteles y denunció cómo el dinero del narcotráfico se filtraba en la política. Las amenazas llegaron pronto. El 30 de abril de 1984, mientras se desplazaba por la calle 127 con Autopista Norte en Bogotá, dos sicarios en motocicleta lo asesinaron. Rodrigo Lara Restrepo tenía apenas ocho años.
Nació en Neiva el 12 de mayo de 1975 y creció marcado por esa ausencia. La familia se exilió en Europa tras el crimen. Años después regresó a estudiar Derecho en la Universidad Externado, de donde se graduó en el año 2000, y completó su formación en Francia. Trabajó como profesor universitario, periodista en W Radio y presidió Asomóvil, el gremio de telefonía. Se casó con María José Valenzuela, también de familia política, y tiene una hija.
Su entrada formal a la política fue en 2006, cuando intentó llegar al Senado pero apenas obtuvo 16.800 votos. Sin embargo, esa campaña lo llevó al gobierno de Álvaro Uribe, que lo nombró "zar anticorrupción". Desde allí impulsó auditorías ciudadanas y promovió investigaciones sobre irregularidades en entidades públicas. Su paso por ese cargo terminó abruptamente en 2007, cuando presentó su renuncia por razones personales y familiares, aunque su salida coincidió con la publicación de un informe que retomaba versiones sobre presuntos vínculos de Alberto Uribe Sierra con el narcotráfico.
En el Congreso construyó gran parte de su carrera política. Entre 2014 y 2017 fue representante a la Cámara por Bogotá con más de 106.000 votos, y entre 2017 y 2018 presidió la Cámara de Representantes. Desde allí promovió debates sobre corrupción y transparencia, impulsó la Ley de Trasplantes que fortaleció la regulación de donación de órganos, y presentó proyectos para humanizar los cobros del Icetex y proteger a menores de la publicidad dirigida a la infancia. También lideró Cambio Radical entre 2015 y 2017, un partido hoy declarado de gobierno.
Sin embargo, los últimos años no han sido amables con él. En 2023 intentó llegar a la Alcaldía de Bogotá sin políticos de por medio, anunciando su candidatura mediante recolección de firmas y asegurando que competiría "sin políticos mañosos ni partidos". Afirmó que las colectividades tradicionales eran "cárceles" y que "nunca más voy a volver a ser prisionero" de una organización política. No funcionó. Apenas obtuvo 69.679 votos, el 2,28 por ciento. En 2025 llegó otro golpe: el Consejo de Estado anuló la personería jurídica de Dignidad Liberal, su movimiento político.
Ahora, en el Ministerio del Interior, Lara tiene la oportunidad de cerrar un ciclo de mala racha. Pocos dudan de su conocimiento del Congreso después de casi veinte años navegando sus intrincadas dinámicas como senador, representante, presidente de la Cámara y negociador entre corrientes distintas. En un gobierno que necesitará acuerdos permanentes para sacar adelante su agenda, esa experiencia acumulada en los pasillos puede valer más que cualquier victoria electoral.
Fuente original: El Colombiano - Colombia


