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Regasificadora en La Guajira queda en el aire por conflicto dentro del Gobierno Petro

Fuente: Diario del Norte

El proyecto de una regasificadora en Ballenas enfrenta un giro inesperado tras un choque público entre el presidente Gustavo Petro y su ministro de Minas y Energía, Edwin Palma. Mientras tanto, La Guajira experimenta los primeros efectos: la Troncal del Caribe permanece cerrada, las comunidades afrodescendientes protestan por falta de consulta y los pueblos indígenas se preparan para movilizarse. La región queda nuevamente atrapada en medio de una discusión ideológica de Bogotá, cuando debería estar enfocada en generar empleo y bienestar para sus habitantes.

La Guajira vuelve a estar en el ojo de la tormenta. Esta vez no solo por los proyectos de desarrollo que la atraviesan, sino por las tensiones internas que sacude el mismo Gobierno. El proyecto de la regasificadora en Ballenas parece tambalear luego de que el presidente Gustavo Petro cuestionara públicamente a su ministro de Minas y Energía, Edwin Palma, a través de redes sociales.

Los efectos ya se sienten en el territorio. La Troncal del Caribe, una vía crucial para la región, lleva dos días cerrada. Las comunidades afrodescendientes se movilizan protestando por la ausencia de consulta previa. En Riohacha y Manaure, los pueblos indígenas preparan sus propias acciones. Lo que era para ser un proyecto de desarrollo energético se ha convertido en un punto de quiebre que expone las divisiones incluso entre los propios grupos ancestrales de La Guajira.

El conflicto entre Petro y Palma revela algo más profundo: el Gobierno no tiene claridad sobre cómo manejar el gas, la transición energética ni las inversiones estratégicas en el Caribe colombiano. El presidente denunció lo que llamó "traición al progresismo" e insinuó posibles intereses económicos detrás de la iniciativa. Estas palabras demoledoras confirman que hay fuego amigo en Bogotá, y La Guajira paga los costos.

Una vez más, el departamento queda atrapado en discusiones ideológicas que se libran desde la capital, mientras sigue enfrentando pobreza, desempleo, falta de infraestructura y enormes carencias sociales. Es una paradoja amarga: La Guajira produce carbón, tiene uno de los mayores potenciales de energía solar y eólica del continente, y ha sido fundamental en las decisiones energéticas del país. Sin embargo, sus comunidades siguen esperando beneficios reales.

El mensaje que envía este conflicto preocupa a empresarios e inversionistas: cualquier proyecto energético, portuario o de infraestructura podría quedar frenado por interpretaciones del decreto de la Línea Negra. En un momento en que Colombia enfrenta advertencias sobre posibles dificultades energéticas futuras, la inseguridad frente a nuevas inversiones no es el camino.

Pero entender esta crisis solo como un enfrentamiento político sería incompleto. El verdadero reto es encontrar equilibrio. La transición energética no puede construirse con discursos bonitos ni peleas públicas entre funcionarios del mismo gobierno. La Guajira no puede ser ni un territorio prohibido para el desarrollo ni una simple cantera explotada sin beneficios para sus habitantes.

Lo que el departamento necesita es claridad institucional, seguridad jurídica y proyectos concretos que generen empleo e inversión, respetando al mismo tiempo sus territorios ancestrales y su riqueza ambiental. Mientras el Gobierno se divide entre el pragmatismo energético y la ideología, La Guajira sigue esperando. Y esa espera cuesta caro.

Fuente original: Diario del Norte

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