ÚltimasNoticias Colombia

Colombia

¿Qué pasó la noche que nos caímos de la cama? Una reflexión sobre el miedo que perdimos

Fuente: El Isleño
¿Qué pasó la noche que nos caímos de la cama? Una reflexión sobre el miedo que perdimos
Imagen: El Isleño Ver articulo original

Un columnista plantea una pregunta incómoda: ¿por qué en la isla nadie parece asustarse de los peligros reales como perder el trabajo, los huracanes o la corrupción? Su hipótesis es neurológica y metafórica: quizás todos sufrimos una lesión colectiva en la parte del cerebro que mide consecuencias y frena impulsos, como si nos hubiéramos golpeado la cabeza al mismo tiempo una noche cualquiera. El resultado es que confundimos imprudencia con valentía y hemos perdido el miedo protector que debería frenarnos.

Hay una pregunta que ronda por esta isla y que nadie se atreve a formular en voz alta: ¿por qué un joven aquí no le teme a quedarse sin empleo? ¿O a perder la vida? ¿Por qué parece que nadie le tiene miedo real al futuro? ¿Por qué los huracanes nos sorprenden cada temporada como si fuera la primera vez que se acercan? ¿Por qué alguien que roba desde un cargo público no tiembla pensando en ser descubierto?

Si todos conocemos los peligros, si sabemos bien cuáles son las consecuencias, entonces la pregunta no debería ser moral sino médica. Un columnista se lo plantea así: ¿y si todos nos golpeamos la cabeza?

No es un insulto, sino algo parecido a un diagnóstico. En el cerebro existe una zona llamada corteza orbitofrontal, ubicada justo detrás de la frente, que funciona como una central de control. Esta región es la encargada de calcular lo que pasará si tomamos ciertas decisiones, de frenar los impulsos más peligrosos y de advertirnos cuando algo es mala idea. Es ese susurro interno que dice "mejor no hagas eso", incluso cuando la emoción grita lo contrario. Allí habitan la prudencia, la vergüenza sana y ese pequeño sistema de alarma que nos salva de convertir cada capricho en una catástrofe.

Cuando esa región sufre una lesión, lo preocupante es que los cambios no siempre se notan a simple vista. La persona sigue hablando normalmente, trabajando, riendo con sus amigos. Pero algo crucial se daña: cae la capacidad de ver el peligro venir, crece la impulsividad, se debilita el sentido de lo que está bien o mal socialmente, y la relación con el riesgo se vuelve curiosamente ligera, casi despreocupada.

Entonces llega la hipótesis: tal vez no somos temerarios por naturaleza. Tal vez toda esta isla vive con una lesión orbitofrontal que nadie diagnosticó.

El columnista imagina que ocurrió una noche específica. Una noche gris, con un único relámpago. Una de esas noches absurdas y típicamente caribeñas donde todos, sin excepción, nos caímos de la cama exactamente al mismo tiempo. Una sincronía ridícula: todos golpeando la frente contra el piso con la misma precisión quirúrgica.

A la mañana siguiente, probablemente nos levantamos pareciendo iguales. Pero desde ese momento, algo interno se rompió. Seguíamos sabiendo qué peligros existen, pero dejaron de asustarnos. Desde entonces llamamos valentía a lo que es pura imprudencia. Confundimos costumbre con resistencia. Tratamos el miedo como debilidad cuando en realidad protegía. Eso no es coraje: es un golpe mal curado.

Quizás lo que esta isla necesita no es otra teoría política o económica complicada. Necesita algo más simple y más honesto: tocarse la frente y preguntarse si todavía estamos pensando con claridad. Porque no es normal vivir sin miedo cuando los peligros son evidentes. No es normal celebrar como valentía lo que nos está destruyendo.

Entonces tal vez sea hora de hacer lo que nunca hicimos: levantarnos de verdad, sacudirnos el golpe de aquella noche que ya todos olvidamos, y volver a aprender a respetar lo que realmente puede acabar con nosotros.

Fuente original: El Isleño

Noticias relacionadas