Por qué los riohacheros siguen caminando por la calle: memorias de una ciudad que cambió

Riohacha conserva una práctica arraigada: caminar por las calzadas en lugar de usar los andenes. Esto no es imprudencia sino herencia de una ciudad pequeña donde la calle fue durante décadas extensión natural de las casas, lugar de juegos y encuentro. El crecimiento desordenado y la llegada de nuevas dinámicas sociales transformaron esa relación íntima con el espacio, dejando cicatrices que aún se leen en la forma como sus habitantes transitan la ciudad.
En Riohacha existe una costumbre que intriga a observadores foráneos: muchas personas prefieren caminar por la calzada antes que por el andén, aun cuando este último existe. La explicación de este comportamiento no cabe en calificativos como imprudencia o desorden. Según analiza la columnista Betsy Barros Núñez para Guajira News, se trata de una práctica social profundamente enraizada en la historia de la ciudad, que obliga a mirar hacia atrás para entender cómo sus habitantes han construido lentamente su propia percepción del espacio urbano.
Hasta poco después de los años ochenta, Riohacha era una ciudad de dimensiones modestas. Tenía menos de veinte calles y veinte carreras, muchas sin calzada definida ni andenes continuos. El tránsito vehicular era escaso y apenas comenzaba a llegar el transporte público en forma de busetas que pronto desaparecerían. En ese contexto, la calle pertenecía naturalmente al peatón porque casi nada la disputaba. La ciudad mantenía su estructura pueblerina y una mentalidad abierta donde las aceras simplemente no parecían necesarias. Los niños jugaban en las vías, los adultos jugaban dominó en las esquinas, y las familias extendían sus casas hacia la calle de manera orgánica. Los carnavales de enero y febrero vestían la ciudad de música y color, y toda la vida comunitaria giraba alrededor de esos espacios públicos que eran, ante todo, lugares de pertenencia.
Barrios tradicionales como La Inmaculada, La Divina Pastora y otros colegios respectados marcaban un mapa afectivo de la ciudad. Los estudiantes recorrían largos trayectos a pie, aprendiendo urbanidad no solo en las aulas sino en las calles mismas. La vida fluía entre espacios icónicos: la plaza Padilla con su héroe en pedestal, el muelle esperando embarcaciones con pescado fresco, el Riíto para pescar y compartir sancochado, el viejo mercado donde confluyeron ricos y pobres en sus transacciones. Incluso lugares con nombres sombríos como el "callejón del crimen" y las carboneras hacían parte de esa geografía viva, con toda su complejidad.
Pero esa Riohacha pequeña y reconocible comenzó a transformarse con la llegada del progreso económico, no siempre ordenado. El narcotráfico dejó marcas profundas en lo social y lo simbólico. La presencia de la multinacional Cerrejón cambió la forma de leer el territorio. Nueva población llegó, nuevas estructuras sociales emergieron. La ciudad que había sido un todo cohesionado comenzó a dividirse no solo por calles físicas, sino por imaginarios: el barrio Centro se consolidó como símbolo de élite, mientras la periferia crecía con fuerza propia. La ciudad se ensanchaba hacia el sur sin medida, arrastrando sus propias contradicciones.
Es precisamente en esa transformación donde radica la clave para entender por qué la gente sigue caminando por la calzada. Los códigos del espacio, como señala el análisis, emergen de la historia y de la existencia social. Las relaciones sociales se proyectan sobre el espacio y, al mismo tiempo, lo producen. Esa práctica heredada de cuando la calle era extensión de la casa, cuando pertenecía al peatón, sigue viva en la memoria de los cuerpos de muchos riohacheros. La norma urbana moderna dice que debe usarse el andén, pero la historia dice otra cosa.
Hoy Riohacha convive con sus propias contradicciones. En sus calles coexisten la memoria pueblerina y el crecimiento desbordado, la nostalgia del centro y la fuerza de la periferia, la calle como juego infantil y la calle como peligro. El mercado viejo sigue siendo monumento sin distingo de clases, donde se cruzan necesidades y jerarquías bajo una aparente desorganización que sostiene líneas de poder real. Comprender estas prácticas del espacio, argumenta Barros Núñez, exige mirar más allá de planos y normativas urbanas. Exige escuchar la historia que todavía camina en las esquinas y avenidas, la comunidad que sigue escribiendo con los pies su peculiar manera de existir en la ciudad.
Fuente original: Guajira News



