¿Polarización o solo fragmentación política? El debate que divide a Colombia

Colombia habla constantemente de polarización, pero la realidad parece más compleja. Mientras la izquierda se muestra cohesionada alrededor del Pacto Histórico, la derecha está fragmentada en múltiples liderazgos sin proyecto común. El columnista Hernán Baquero Bracho sostiene que no existe verdadera polarización en dos bloques irreconciliables, sino una reorganización política donde los ciudadanos aún mantienen márgenes de moderación y pragmatismo.
El tema de la polarización en Colombia se ha convertido en una coletilla de cualquier conversación política. Cualquier desacuerdo termina siendo acusado de odio, toda crítica se toma como radicalismo y cada diferencia ideológica pareciera anunciar el fin del país. Pero cuando se observa con calma el escenario político actual, surge una pregunta incómoda: ¿de verdad existe esa polarización profunda que todos mencionan o estamos viendo más bien una fragmentación de ciertos sectores?
Según el columnista Hernán Baquero Bracho, la polarización auténtica presupone dos bloques sólidos, bien organizados y enfrentados irreconciliablemente. En esos países donde sí existe, los partidos actúan disciplinados, sus bases siguen líneas ideológicas consistentes y los liderazgos se mantienen unificados. Colombia, en cambio, muestra una realidad mucho más desordenada y flexible. La izquierda, representada principalmente por el Pacto Histórico, ha logrado mantener una narrativa común alrededor de reformas sociales y reivindicaciones históricas. Incluso con diferencias internas, sus integrantes entendieron que la unidad electoral era fundamental. Esa cohesión los llevó al gobierno y les permitió sostener un proyecto político identificable. Gustavo Petro se convirtió en ese liderazgo central que articula el discurso progresista, unificando movimientos sociales, sindicatos y sectores alternativos bajo una sola bandera. Es una capacidad de organización que en un país históricamente disperso resulta significativa.
La historia es completamente distinta en el lado de centroderecha y derecha. Allí está la verdadera división. No existe una sola voz dominante ni un proyecto político uniforme. Hay conservadores tradicionales, uribistas, liberales, sectores empresariales y nuevos liderazgos regionales que no logran construir una agenda común. El Centro Democrático, que durante años fue el principal eje de la oposición, perdió la cohesión que alguna vez tuvo. Las disputas internas, los cambios generacionales y la ausencia de un liderazgo con la fuerza política de Álvaro Uribe han abierto espacios para nuevas corrientes y aspiraciones personales. En ese escenario hay más competencia interna que polarización real. Todos buscan representar la oposición, pero ninguno logra monopolizarla, lo que produce sensación de caos político y dificulta construir una alternativa sólida frente al gobierno.
Lo cierto es que Colombia nunca ha sido un país ideológicamente uniforme. Su cultura política es profundamente regional. No piensa igual la Costa que el interior andino; no vota igual el Pacífico que los Llanos. Muchas elecciones responden más a liderazgos locales, emociones y circunstancias económicas que a doctrinas políticas rígidas. En las calles no se ve esa confrontación civil que sí ocurre en otras naciones. El colombiano promedio continúa trabajando y conviviendo con personas de distintas posiciones políticas sin que eso rompa necesariamente el tejido social.
Las redes sociales sí han amplificado un ambiente de confrontación permanente donde las posiciones extremas tienen mayor visibilidad. Pero las redes no siempre representan el pensamiento de millones de colombianos que observan la política con pragmatismo. Existe una diferencia importante entre polarización política y cansancio ciudadano. Muchos colombianos no están radicalizados; simplemente están decepcionados de gobiernos tradicionales o frustrados por promesas incumplidas del cambio.
La verdadera división en Colombia podría no ser entre izquierda y derecha, sino entre quienes creen en las instituciones democráticas y quienes utilizan el odio como herramienta política. El desafío real será que los colombianos entiendan que pensar distinto no puede convertirlos en enemigos. Una nación no se destruye por tener diferencias políticas; se destruye cuando pierde la capacidad de escucharse a sí misma.
Fuente original: Guajira News


