Omar García: cuando una escalera se convierte en la prueba de que los hijos son todo

Omar García, directivo del turismo en Magdalena, casi pierde la vida en 2019 por una grave infección que lo mantuvo hospitalizado tres meses. Al regresar a casa, una imagen lo marcó para siempre: su hija María José llorando. Esa fue la fuerza que lo hizo subir una escalera que los médicos consideraban imposible. Desde entonces, entiende que ningún éxito profesional se compara con el tiempo junto a sus hijos Juan Gabriel y María José.
Cuando los paramédicos dijeron que era imposible, Omar García respondió con la sencillez de quien ha aprendido a distinguir lo realmente importante. "No, yo voy a subir esa escalera", afirmó, aunque su cuerpo apenas se recuperaba de un calvario de más de tres meses hospitalizado. Había perdido treinta kilos, sus pulmones y columna estaban comprometidos por una infección grave, y la movilidad era un lujo que aún no recuperaba. Pero cuando levantó la mirada y vio a su hija María José, de apenas seis años, llorando sin consuelo, algo cambió en su interior. "Cuando la vi, saqué fuerzas de donde no tenía", recuerda. Lentamente, apoyándose en los enfermeros, subió cada escalón de aquella escalera en caracol. En ese momento, aunque no lo sabía completamente, estaba viviendo la lección más valiosa de su vida.
La historia de Omar como padre comenzó años atrás, en medio de la incertidumbre y la esperanza. Su primer hijo, Juan Gabriel, llegó de sorpresa cuando apenas faltaba un mes para la fecha prevista. Su esposa rompió fuente inesperadamente a los siete meses y la carrera hacia la clínica fue el inicio de diez días de angustia en la unidad neonatal. El bebé pesaba apenas mil setecientos cincuenta gramos. "Los que hemos tenido hijos sietemesinos sabemos lo que significa esa angustia", afirma. Nació un Domingo de Ramos y su nombre guardaba un sentido profundo: Juan en honor al padre de Omar, Gabriel en honor al padre de su esposa. Aquellos primeros días fueron eternos. Mientras su esposa regresaba a casa, el bebé seguía hospitalizado. Más de una madrugada los padres regresaban a la clínica solo para preguntar cómo había pasado la noche. "Era nuestro primer hijo, el primer nieto, el primer sobrino. Toda la familia estaba pendiente de él", recuerda.
Tres años después llegó María José. Omar sintió que su sueño de formar una familia con hijo e hija se hacía realidad. "Como todas las hijas, terminó convirtiéndose en la princesa del papá", dice entre risas. Los momentos que Omar atesora no son los de grandes viajes o regalos costosos. Su memoria va a los primeros pasos, las primeras palabras, las caídas aprendiendo a montar triciclo, los primeros dientes, el primer día de colegio, las competencias de voleibol de su hija. También conserva con cariño cómo su padre, que vivía en Bogotá, comenzó a viajar con mucha más frecuencia a Santa Marta después del nacimiento de Juan Gabriel. "Era impresionante ver cómo un nieto también transforma a los abuelos", cuenta.
Antes de 2019, la vida de Omar era una carrera constante. Salía a las seis y media de la mañana, regresaba cerca de las nueve y media de la noche. Dirigía Cotelco Magdalena, enseñaba en la universidad y atendía múltiples compromisos. Había días en los que apenas se cruzaba con sus hijos. Entonces llegó la enfermedad. Una infección lo mantuvo sedado varias semanas y hospitalizado más de tres meses. Las bacterias afectaron sus pulmones, luego su columna. Durante todo ese tiempo, mientras permanecía en la unidad de cuidados intensivos, sus hijos escuchaban comentarios de personas que decían que su padre iba a morir. Cuando despertó, lentamente reconstruyó toda la historia. "Lo primero que yo le preguntaba a Dios era por qué me iba a llevar cuando tenía una hija de cinco años y un hijo de ocho. Yo solo le pedía que me permitiera verlos crecer y convertirse en profesionales."
La recuperación y luego la pandemia lo obligaron a detenerse por primera vez en muchos años. Compartieron largas jornadas en familia. Veían películas juntos, movían colchones de una habitación a otra para dormir todos en el mismo cuarto, conversaban durante horas. "Ahí entendí que uno puede dedicarle la vida al trabajo, pero el tiempo con los hijos no vuelve". Hoy su hijo ya cursa la universidad y su hija está a pocos meses de graduarse del colegio. Mira hacia atrás con orgullo, pero también con nostalgia. "Cuando uno es joven cree que siempre habrá tiempo. Después los hijos crecen, hacen su vida y uno piensa que hubiera querido compartir mucho más con ellos".
Cuando se le pregunta qué espera que sus hijos recuerden de él, Omar no habla de hoteles, turismo ni cargos directivos. Habla de valores. Quiere que sean personas de fe, que respeten a los demás, que construyan su futuro con esfuerzo y honestidad. "Quiero que sean grandes profesionales, pero, sobre todo, grandes seres humanos." Después de todo lo vivido, tiene claro cuál ha sido el mayor reconocimiento de su vida. No es una medalla ni un premio. Es simplemente llegar a casa y seguir siendo el papá de Juan Gabriel y María José.
Fuente original: Seguimiento

