Mundiales: ¿milagro económico o deuda que dura décadas? Lo que la historia enseña

Un evento mundial puede transformar infraestructuras, pero no garantiza prosperidad económica duradera. La experiencia de Estados Unidos en 1994 muestra cómo un país sin tradición futbolística creó una liga profesional completa para ser anfitrión. Brasil en 2014 gastó más de 11 mil millones de dólares y obtuvo apenas 0,1% de crecimiento en el PIB. Para 2026, Estados Unidos tiene ventaja: infraestructura lista y mercado consolidado, pero enfrenta precios récord que inquietan a turistas.
Un torneo mundial puede reactivar toda una economía continental. O puede dejar deudas que los ciudadanos pagan durante décadas. La respuesta depende de cada país y su realidad antes del evento.
Miremos el caso de México en 1986. Apenas ocho meses después de un terremoto devastador, el país acogió el mayor evento futbolístico del planeta. Funcionó: los estadios se llenaban con un promedio de 46 mil espectadores y el dinero llegó al sector de servicios. Pero eso fue posible porque México ya tenía una base futbolística sólida.
La historia cambió radicalmente con Estados Unidos en 1994. Allí el fútbol ni siquiera existía como lo conocemos. Le llamaban "soccer", la antigua liga profesional (NASL) se había desintegrado en 1984 y cuando se eligió a Estados Unidos como anfitrión en 1988, el país no tenía ninguna liga profesional en funcionamiento. Los organizadores dijeron claramente: o crean una liga, o el evento se va a otro lado. El resultado fue el nacimiento de la MLS en 1993, que comenzó operaciones en 1996. Un país tuvo que inventar una industria deportiva completa solo para poder ser anfitrión.
La economía estadounidense en esa época ayudó. La administración Clinton había creado 3,85 millones de empleos nuevos ese año, el crecimiento del PIB era del 3,8% y se acababa de abrir el libre comercio con el TLCAN. Parecía que nada era imposible.
El torneo dejó momentos icónicos: partidos en los gigantescos estadios de la NFL, la ceremonia de Diana Ross, la tristeza de Roberto Baggio en la final. Pero también escándalo: Diego Armando Maradona dio positivo por efedrina, fue sancionado y después lloró. «Me han cortado las piernas», dijo el astro argentino. Le revocaron el visado. Más allá del drama, ese Mundial cambió para siempre cómo se juega: aquí se introdujo la regla de los tres puntos por victoria. Y los ingresos por derechos de televisión se multiplicaron por cuatro comparados con Italia 1990.
Ahora Estados Unidos es nuevamente anfitrión en 2026, pero bajo condiciones muy distintas. Tiene una MLS establecida con clubes como el Inter Miami que generaba 56 millones de dólares en 2022 y alcanzó 200 millones en 2025. La infraestructura ya existe: 16 ciudades sede, estadios de la NFL con capacidad de 80 mil personas. No hay que construir casi nada. El problema es otro: los precios de las entradas superan en 200% los de Qatar, los billetes de tren para llegar al MetLife Stadium cuestan 98 dólares en lugar de los 13 habituales, y hay tensión política por inmigración y crisis internacionales.
Pero la lección más importante viene de Brasil 2014. Ese país invirtió aproximadamente 11 mil 600 millones de dólares en su Mundial. ¿El resultado? Protestas masivas, muchos estadios vacíos en regiones donde los turistas no llegaban, y un crecimiento económico de apenas 0,1% en el PIB. Un evento mundial no cura una economía enferma. Solo acelera lo que ya existe. Si hay base económica sólida, la potencia. Si hay problemas estructurales, los amplifica.
Para 2026, todo dependerá de cómo Estados Unidos maneje la logística, la seguridad y controle esos precios que ya están asustando a los visitantes. El fútbol suena al ritmo del dinero, igual que hace 32 años.
Fuente original: Seguimiento

