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Mayo invita a recordar: las memorias africanas sumergidas en el Caribe colombiano

Fuente: Diario del Norte

Mayo, mes de la afrocolombianidad, debe ser tiempo de memoria histórica más allá de celebraciones folclóricas. El Caribe colombiano, especialmente La Guajira, fue escenario de la trata trasatlántica, explotación de perlas y resistencia africana que quedó invisibilizada en los relatos dominantes. Reconocer estas memorias cruzadas entre indígenas y africanos es descolonizar la historia de la región.

Mayo no debería ser solo ritmos, tambores y comidas típicas. Es, ante todo, un mes para mirar de frente la historia que duele: la trata trasatlántica de africanos y todas las formas de resistencia que brotaron desde el corazón de la violencia colonial. Las Naciones Unidas, salvo excepciones como Estados Unidos, Israel y Argentina, han reconocido la esclavitud y la trata atlántica como uno de los crímenes más graves contra la humanidad, no solo por su magnitud sino porque sus cicatrices sociales, raciales y económicas siguen presentes en nuestros días.

El océano Atlántico y el mar Caribe no fueron simples rutas de comercio. Fueron cementerios sin tumbas, archivos vivos del sufrimiento y escenarios donde la gente también aprendió a rebelarse. Durante siglos, millones de africanos fueron arrancados de sus tierras y transportados a América en barcos negreros. Muchos murieron en la travesía; otros fueron lanzados vivos al océano. En la tristemente célebre Masacre del Zong, ocurrida entre el 29 de noviembre y los primeros días de diciembre de 1781, más de ciento treinta africanos esclavizados fueron arrojados al mar para que los dueños del barco cobraran el seguro. Los tiburones que seguían estas embarcaciones se convirtieron en símbolo macabro de esa ruta de exterminio.

Pero el mar guardó más que muerte. Conservó memorias, lenguas, espiritualidades y formas de resistencia que sobrevivieron al horror. En el Caribe colombiano, esas memorias llegaron a puertos como Riohacha, Dibulla y las costas del Cabo de la Vela y Cubagua, territorios donde el saqueo colonial transformó completamente el paisaje humano de la región.

Cubagua, el Cabo de la Vela y Riohacha fueron enclaves de riqueza para la Corona española. De ahí provenían las inmensas toneladas de perlas extraídas de estas costas, obtenidas al altísimo precio del exterminio y la esclavización de los pueblos originarios. La brutal explotación de indígenas que se sumergían en busca de perlas causó tanta mortandad que la colonia recurrió a importar africanos esclavizados para reemplazar la mano de obra destruida por el propio sistema. El Caribe dejó de ser solo un espacio de intercambio marítimo para convertirse en escenario de despojo, destierro y tráfico humano.

En 1565, según documenta la historiadora María Cristina Navarrete, una flotilla de corsarios ingleses llegó a Riohacha con más de mil africanos esclavizados para venderlos. Bajo amenaza de incendiar el poblado, las autoridades negociaron durante días el intercambio de seres humanos por oro y perlas. Este episodio muestra cómo el Caribe guajiro quedó tempranamente metido en el engranaje de la trata trasatlántica. Las mismas aguas que enriquecían a la Corona con perlas eran también rutas del destierro africano.

Pero la explotación de las pesquerías de perlas en Riohacha también produjo resistencia. La más grave rebelión ocurrió el 6 de agosto de 1603, día de la Transfiguración del Señor. Según un informe al Consejo de Indias del procurador Pedro de Peralta, cerca de cuatrocientos cincuenta africanos esclavizados —pescadores de perlas y trabajadores domésticos— se levantaron contra las autoridades coloniales armados con lanzas, arcos, flechas, cuchillos, machetes y espadas obtenidas en secreto. Su objetivo era acabar con los mayordomos del sistema de explotación. Durante el levantamiento mataron a lanzadas a Pedro de la Vera, mayordomo del capitán Agustín Delgado. Las autoridades reaccionaron rápido: temían permanentemente insurrecciones de africanos esclavizados en el Caribe.

Este levantamiento demuestra que el mar Caribe conserva la memoria no solo del sufrimiento afrodescendiente sino también de su rebeldía. Los mismos hombres obligados a sumergirse buscando perlas para enriquecer a España fueron capaces de organizarse colectivamente contra el orden colonial.

Sin embargo, la historia posterior de La Guajira privilegió una narrativa predominantemente indígena, invisibilizando muchas veces la presencia africana que también participó en construir económica, humana y culturalmente el Caribe guajiro. Reconocer esto no significa desconocer la profundidad histórica del pueblo wayuú, sino entender que las identidades del Caribe fueron moldeadas por encuentros, fugas, mestizajes y resistencias compartidas. El valle del río Ranchería se convirtió en ruta histórica del cimarronaje africano, espacio de contacto permanente entre indígenas, africanos fugitivos y poblaciones no europeas. Allí emergieron nuevas formas de organización económica y social ligadas al pastoreo y la supervivencia. Muchas huellas afrodescendientes terminaron diluidas en el relato dominante, aunque sobreviven en prácticas culturales, formas de parentesco, economías pastoriles y memorias orales.

La afrocolombianidad en La Guajira no es un anexo marginal de la historia. Es una memoria sumergida en las aguas del Caribe, en las rutas del cimarronaje, en las pesquerías de perlas y en las luchas de quienes resistieron. El Caribe guarda así una doble memoria: la del dolor y la de la rebeldía.

Fuente original: Diario del Norte

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