Mauricio Lizcano: del secuestro de su padre al Congreso y ahora a la Presidencia
Mauricio Lizcano creció en Caldas y su vida cambió radicalmente cuando su padre fue secuestrado por las FARC en el año 2000. Esa tragedia lo llevó a salir del silencio, movilizarse por los secuestrados y eventualmente llegar al Congreso. Hoy, como candidato presidencial, rechaza las etiquetas de derecha o izquierda y propone un gobierno enfocado en seguridad, unidad y resultados sin dogmas ideológicos.
Mauricio Lizcano nació en Medellín, pero su historia verdadera pertenece a Caldas. Se crió entre Manizales y Riosucio, donde aprendió el acento, el carácter y la forma de relacionarse con la gente que lo define hoy. Vino de una familia sin lujos pero con principios claros: su padre era economista y estudiaba por las noches, su madre se formó en universidad pública. No había plata sobrando, pero sí la certeza de que el estudio y el esfuerzo eran el único camino posible. Lizcano recuerda una infancia feliz, marcada por la disciplina y el afecto, aunque también por esa responsabilidad temprana que carga el hijo mayor.
Se formó en colegios de Manizales y cuando terminó el bachillerato tomó una decisión que lo cambió todo: se fue a Bogotá a estudiar Derecho en la Universidad del Rosario. El primer día que conoció la capital fue el mismo en que empezó la universidad. Ese choque entre el mundo que dejaba atrás y el que descubría le enseñó a adaptarse rápido, a cuestionarse y a moverse en espacios desconocidos. En la universidad se destacó como líder estudiantil, fue presidente del consejo y participó en encuentros académicos internacionales. Su vida parecía construirse sobre las bases del mérito y la preparación. Pero todo cambió en el año 2000.
Ese año su padre fue secuestrado por las FARC. Durante ocho años, la familia vivió atrapada en la incertidumbre, sin saber si estaba vivo o muerto, sin certezas que calmaran la angustia. A eso se sumó el secuestro de su hermano durante seis meses. La violencia dejó de ser algo que pasaba en las noticias y se convirtió en su realidad diaria, en cada silencio, en cada espera. Lejos de quedarse callado, Lizcano decidió hablar. Siendo aún estudiante, marchó, dio entrevistas, acudió a medios nacionales. Entendió que el silencio también era una forma de abandono. Con el tiempo comprendió que la movilización social tenía límites y que las decisiones estructurales se tomaban desde el poder político. Así llegó al Congreso, no porque buscara una carrera, sino porque continuaba una lucha que ya llevaba años.
Cuando su padre logró escapar en 2008, Mauricio ya era representante a la Cámara. El reencuentro fue conmovedor y duro a la vez: su padre regresó desnutrido, con un deterioro físico severo, desacostumbrado a las tecnologías básicas. La familia pasó días en la clínica acompañando una recuperación que fue tanto física como emocional. Esa experiencia marcó de forma definitiva su relación con el Estado. Desde entonces ha recorrido prácticamente todas sus instancias: fue congresista, presidente del Congreso, ministro en distintos gobiernos con orientaciones políticas diferentes. Trabajó con presidentes de orillas opuestas y salió de esos cargos sin hacer escándalo pero tampoco sin silencios cómodos. Nunca se asumió como militante ideológico, sino como un funcionario enfocado en ejecutar, resolver y construir acuerdos.
Hoy es candidato presidencial y rechaza las etiquetas tradicionales. No se define de derecha, izquierda o centro. Para él, esas categorías se convirtieron en instrumentos para dividir al país y alimentar el odio mientras los problemas verdaderos permanecen intactos. Ve a Colombia atrapada en una lógica de polarización que reemplazó el debate por la confrontación emocional. Habla del "derecho a la alegría" como lo que se perdió: un país donde muchos viven resignados, donde los jóvenes estudian sin garantías reales, donde emprender se volvió un acto de resistencia. En su visión, la tecnología no es un eslogan sino una herramienta concreta para transformar la educación, la productividad, el empleo y el Estado.
En lo personal mantiene un perfil sobrio. Está casado con Catalina Mesa, abogada penalista a quien conoció en Estados Unidos, tienen cinco hijos y el menor acaba de nacer. La campaña presidencial convive en su vida con pañales y madrugadas, con una familia que ahora ocupa un lugar central en su manera de entender el poder. Las amenazas que ha recibido durante la campaña reactivaron recuerdos difíciles, pero no lo paralizaron. Reconoce el riesgo, se cuida, pero mantiene la cabeza fría.
Si llega a la Presidencia, Lizcano plantea un gobierno de unidad, una revisión profunda de la política de paz, la recuperación de la seguridad y un reordenamiento económico enfocado en reducir burocracia y aliviar a las pequeñas y medianas empresas. No promete épica ni redenciones históricas. Promete decisiones. Su historia está atravesada por la violencia, la espera y el aprendizaje institucional. Desde ahí propone gobernar sin dogmas, sin odios y con la convicción de que Colombia necesita menos ruido y más resultados.
Fuente original: KienyKe - Portada


