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Los diccionarios: guardianes imperfectos de un idioma que nunca se detiene

Fuente: Minuto30

A propósito del Día del Idioma, una reflexión sobre el papel real de los diccionarios en la lengua. Más allá de su aire de autoridad, estos libros no mandan sino registran: capturan palabras que ya han vivido en la calle, siempre llegando tarde a la fiesta. El diccionario es útil, pero su verdadera función es demostrar que nadie, ni siquiera él, tiene la última palabra sobre cómo hablamos.

El Día del Idioma nos invita a pensar en algo que a veces pasamos por alto: que las palabras son la casa donde vivimos. El filósofo Emile M. Ciorán lo dijo de manera clara: "habitamos una lengua en lugar de un país". Y si el idioma es esa casa común, entonces los diccionarios serían sus planos, sus cimientos. Para el jurista y ex magistrado Mario Alario Di Filippo, las palabras "tienen dignidad e interés histórico y humano". No son simples herramientas, sino testimonios vivos de quiénes somos.

Desde que la Real Academia Española comenzó su misión de "limpiar, fijar y dar esplendor" a la lengua, el diccionario dejó de ser una lista aburrida de términos para convertirse en un espejo, aunque imperfecto y siempre en construcción, de la sociedad que lo usa. Cada palabra que llega a sus páginas trae consigo historias: quién la pronunció primero, dónde nació, por qué se hizo necesaria. En América Latina, donde el español se volvió mestizo desde el primer encuentro entre civilizaciones, el diccionario tuvo que aprender a escuchar: voces indígenas, giros caribeños, modismos andinos, neologismos urbanos. Palabras que desafiaban la idea de un español único y puro.

Pero aquí viene lo interesante. El diccionario pretende tener autoridad, habla con tono solemne, como si cada definición fuera un decreto. Sin embargo, el lenguaje es indisciplinado. Vive en la calle, en las conversaciones, en los insultos creativos, en los chistes improvisados. Mientras el diccionario intenta fijar el sentido de las palabras, la gente ya las ha torcido, ampliado, ironizado, invertido. Como decía Gabriel García Márquez, que entendía bien de palabras, "las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la calle". Los autores del diccionario "las capturan casi siempre demasiado tarde, las embalsaman por orden alfabético". Peor aún, cuando finalmente las incluyen, "en muchos casos cuando ya no significan lo que pensaron sus inventores".

Lo paradójico es que, aunque todos criticamos al diccionario, todos terminamos consultándolo. Es como ese profesor gruñón al que uno critica durante años pero al que, en secreto, le pregunta las dudas. El diccionario no manda sobre el idioma, aunque le encante fingirlo. Su función es más modesta y, paradójicamente, más útil: dejar constancia de cómo hablamos cuando nadie estaba vigilando. Es un álbum de fotos del lenguaje, donde algunas imágenes salen nítidas y otras borrosas, pero todas revelan una verdad incómoda para los académicos: las palabras siempre van un paso adelante de quienes intentan ordenarlas.

El diccionario también actúa como cementerio respetable. Allí reposan, alineadas alfabéticamente, palabras que alguna vez tuvieron vida intensa en la boca de la gente pero que hoy nadie usa, excepto algún profesor nostálgico o un crucigramista desesperado. Pero no solo guarda muertos. También mira con desconfianza a los vivos: cada palabra nueva que llega desde la calle, desde las redes sociales o desde el humor popular, el diccionario la examina como un portero viejo que evalúa a un invitado mal vestido. Solo después de años de uso y discusión, la palabra consigue que le abran la puerta.

Consultar un diccionario es, en realidad, un acto ligeramente subversivo. Uno lo abre esperando obedecerlo y termina discutiendo con él. ¿De verdad significa solo eso? ¿Quién decidió que esa definición es la correcta? ¿Dónde quedaron los matices, las ironías, las intenciones dobles con que todos usamos las palabras a diario? El diccionario es útil, claro que sí. Pero no porque tenga la última palabra. Su verdadera utilidad está en demostrar, con admirable paciencia, que la última palabra sobre el idioma no la tiene nadie. Ni siquiera quienes presumen tenerla. Y mucho menos el diccionario mismo.

Fuente original: Minuto30

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