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Los diccionarios: guardianes del idioma que nunca logran alcanzar las palabras en su carrera

Fuente: Diario del Norte

El Día del Idioma nos recuerda que habitamos el mundo a través de las palabras, y los diccionarios son sus guardianes imperfectos. Aunque pretenden autoridad y orden, la realidad es que la gente en la calle reinventa constantemente el lenguaje, dejando a los académicos siempre persiguiendo palabras que ya han mutado. Un diccionario es útil, pero no porque tenga la verdad última, sino porque reconoce que esa verdad nunca la tendrá nadie.

El Día del Idioma es mucho más que una fecha en el calendario escolar. Como lo expresó el filósofo rumano Emile M Ciorán, "habitamos una lengua en lugar de un país". Y si el idioma es esa casa común donde vivimos todos, entonces los diccionarios son sus planos, sus cimientos, los notarios silenciosos que registran lo que hablamos. Así lo ve también el jurista y exmagistrado Mario Alario Di Filippo, para quien las palabras "tienen dignidad e interés histórico y humano".

Desde que la Real Academia Española se propuso "limpiar, fijar y dar esplendor" al español, el diccionario dejó de ser una simple lista de términos para convertirse en un espejo de la sociedad que habla. Cada palabra que entra en sus páginas lleva consigo la historia de quienes la pronunciaron primero, el territorio donde nació y las tensiones que la hicieron necesaria. En América Latina, donde nuestro idioma se volvió mestizo desde el primer encuentro de civilizaciones, el diccionario ha tenido que aprender a escuchar: voces indígenas, giros caribeños, modismos andinos y neologismos urbanos se abren paso, desafiando la idea de un español único y monolítico.

Pero aquí está el asunto: el diccionario no manda, registra. No dicta, dialoga. Como lo señaló Gabriel García Márquez en su prólogo al Diccionario del uso del español actual de María Moliner, "las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la calle". Gabo agregó que "los autores de los diccionarios las capturan casi siempre demasiado tarde, las embalsaman por orden alfabético, y en muchos casos cuando ya no significan lo que pensaron sus inventores". Es que mientras el diccionario intenta fijar el sentido de las palabras, la gente ya las ha torcido, ampliado, ironizado o vuelto al revés en las conversaciones cotidianas, en los insultos creativos, en los chistes improvisados, en la poesía que nadie pidió.

El diccionario presume de autoridad, habla en tono solemne como si cada definición fuera un decreto. Pero el lenguaje es un animal indisciplinado que vive en la calle, errabundo, imposible de domesticar completamente. García Márquez lo resumió con precisión: "todo diccionario de la lengua empieza a desactualizarse desde antes de ser publicado y por muchos esfuerzos que hagan sus autores no logran alcanzar las palabras en su carrera hacia el olvido". Dicho de otro modo, cuando el diccionario finalmente autoriza una palabra nueva, ya los hablantes la han transformado en algo más.

Y sin embargo, incluso los que desconfiamos del diccionario terminamos consultándolo. Es como ese profesor gruñón al que uno critica durante años pero al que, en secreto, le consulta las dudas. Sirve para orientarse, para discutir con más fundamento, para comprobar que una palabra que creíamos inventar ya llevaba siglos esperándonos en sus páginas. También funciona como un cementerio respetable donde reposan palabras que tuvieron vida intensa en la boca de la gente y hoy nadie usa salvo algún profesor nostálgico o un crucigramista desesperado.

Consultar un diccionario es, en cierto modo, un acto ligeramente subversivo. Lo abrimos esperando obedecerlo y terminamos discutiendo con él. ¿De verdad esa palabra significa solo eso? ¿Quién decidió que tal definición es la correcta? ¿Dónde quedaron los matices, las ironías, las intenciones dobles con que la usamos todos los días? El diccionario es útil, claro está, pero no porque tenga la última palabra. Más bien porque demuestra, con admirable paciencia, que la última palabra en el idioma no la tiene nadie. Ni siquiera el diccionario mismo. Y esos, precisamente, son los recovecos de los diccionarios.

Fuente original: Diario del Norte

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