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Los cristianos auténticos dejan marcas de amor, esperanza y fe en su paso por el mundo

Fuente: El Isleño
Los cristianos auténticos dejan marcas de amor, esperanza y fe en su paso por el mundo
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Un columna reflexiona sobre cómo los verdaderos cristianos deben dejar "huellas" visibles en quienes los rodean. Plantea tres marcas esenciales que caracteriza a los creyentes genuinos: el amor de Cristo que sana heridas, la esperanza que combate la desesperación, y la presencia del Espíritu Santo como protección. El texto advierte cómo el mal intenta borrar estas marcas con odio, desesperanza y abandono.

¿Qué hace que un cristiano sea de verdad? No es algo que pase desapercibido. Esa es la pregunta que latía en el corazón de Juan cuando, recién convertido tras su encuentro con Jesús Resucitado, caminaba buscando a otros creyentes auténticos. Un anciano sabio le respondió con claridad: los verdaderos cristianos "no pasan desapercibidos en este mundo de sabios y engreídos". Se les reconoce por sus obras. Allí donde van, siempre dejan huellas.

El artículo plantea que esas huellas no son casuales. Son tres marcas profundas que un creyente genuino debe grabar en el corazón de los demás, especialmente en quienes están lejos de Dios. La primera es la huella del amor de Cristo. No se trata de palabras bonitas solamente. Son gestos concretos de ternura que curan las heridas causadas por la violencia, el odio y la maldad. Los apóstoles en tiempos antiguos lo entendieron bien: donde llegaban con ese amor, "la ciudad se llenaba de alegría".

Pero hay una fuerza opuesta que trabaja para borrar estas marcas. El enemigo intenta llenar los corazones con odio y destrucción, justamente donde un creyente de verdad debería dejar caricias de amor divino. Por eso, cada acto de bondad, cada palabra amable, cada gesto de compasión es un acto de resistencia espiritual.

La segunda huella es la de la esperanza. En tiempos donde el desánimo se vuelve arma letal, donde la desesperación asfixia a muchos, el cristiano auténtico debe brillar con otra luz. El Papa Francisco pedía no dejarse robar la esperanza, y esa es precisamente la batalla. El mundo ofrece distracciones vacías: droga, tecnología, acumulación de bienes, placer fugaz. Mientras tanto, la vida se escurre sin sueños reales. Un cristiano verdadero, en cambio, vive con una serenidad y un optimismo que contagia, que inspira a otros a esperar de nuevo.

La tercera huella es la del Espíritu Santo. Es como un escudo que nos protege en tiempos de prueba. El mal susurra que estamos solos, abandonados en este mundo sin sentido, que Dios no existe o que le es indiferente la humanidad. Pero quien ha sido marcado por el Espíritu sabe algo diferente: tiene un defensor gratuito, un Abogado que lo acompaña. Es esa convicción la que debe transformar nuestro modo de estar en el mundo: unidos como hermanos, mostrando solidaridad, construyendo comunidad, viviendo fraternidad.

Estas tres huellas, cuando son genuinas, no necesitan publicidad. Se ven. Se sienten. Cambian corazones. Y es ahí donde radica el verdadero testimonio cristiano: no en lo que decimos, sino en la marca que dejamos pasar.

Fuente original: El Isleño

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