Líbano bajo sitio: un mes de bombardeos, más de un millón de desplazados y sin tregua a la vista

Hace un mes que Líbano vive una crisis humanitaria sin precedentes tras la escalada de ataques israelíes que ha dejado más de 1.300 muertos y más de un millón de personas forzadas a abandonar sus hogares. El primer ministro Nawaf Salam advierte que su país es "víctima de una guerra" cuyo final es impredecible, mientras Israel avanza en el sur libanés y Hezbolá mantiene sus ataques. La magnitud del desplazamiento ha desbordado los recursos del gobierno y las organizaciones humanitarias alertan de una catástrofe inminente.
Hace exactamente un mes que Líbano despertó a una pesadilla que parecía enterrada en su pasado. El 2 de marzo, cuando Hezbolá lanzó cohetes hacia Israel en respuesta al asesinato del líder supremo de Irán, se rompió un frágil cese al fuego que había durado desde noviembre. Ahora, después de treinta días de bombardeos incesantes, el país cuenta más de 1.345 muertos, casi 4.000 heridos y ha perdido la capacidad de reaccionar ante la magnitud del desastre.
El primer ministro Nawaf Salam no encontró palabras más elocuentes que estas: Líbano "se ha convertido en víctima de una guerra cuyo desenlace y fecha de finalización son impredecibles". En su discurso televisado del jueves 2 de abril, Salam también advirtió que Israel revela "objetivos de gran alcance" que incluyen "una expansión significativa de la ocupación del territorio libanés y peligrosas declaraciones sobre el establecimiento de zonas de amortiguación o cinturones de seguridad". Mientras tanto, el gobierno se queja de que Hezbolá los metió en esta guerra sin que Líbano tuviera "ningún interés nacional, ni directa ni indirectamente".
Lo más visiblemente devastador es el éxodo. Más de un millón de personas han sido expulsadas de sus hogares a una escala que los expertos en humanitaria describen como inédita. Las ciudades de Líbano se han transformado en campamentos de emergencia. En las costas de Beirut hay tiendas de campaña que copan el paseo marítimo, mientras familias enteras duermen en locales comerciales, mezquitas y dentro de los vehículos en los que escaparon. Un matadero abandonado, destruido desde la explosión del puerto de 2020, fue convertido en dormitorio improvisado para casi mil personas. Noor Hussein, una madre de tres hijos que huyó del Dahiyeh en marzo, confesó a la agencia AP: "No queremos estar aquí. No tenemos nada y no tenemos a dónde ir". Lo peor es que muchos desplazados, en su mayoría chiitas, enfrentan rechazo en zonas donde buscan refugio debido a las tensiones sectarias que históricamente han marcado a Líbano.
Dalal Harb, portavoz de ACNUR en Líbano, insiste en que la cifra de un millón es probablemente una subestimación porque no incluye a quienes no se han registrado formalmente. "La magnitud e intensidad del éxodo no tienen precedentes", subraya. Los campamentos improvisados están provocando problemas de salud: niños con erupciones cutáneas, tiendas inundadas por las lluvias, peleas durante el reparto de donaciones. Harb advierte que "será aún peor de lo que estamos viendo ahora" y que "las necesidades seguirán aumentando", llamándolo directamente "una catástrofe humanitaria inminente".
En el frente sur, Israel continúa avanzando en su ocupación con planes explícitos de arrasar con las viviendas hasta el río Litani y crear una "zona de seguridad" a 30 kilómetros de la frontera actual. Algunos civiles, muchos de aldeas cristianas, se rehúsan a abandonar sus hogares, conscientes de lo que eso podría significar. En el norte, Hezbolá intensificó sus ataques durante el Pésaj judío, lanzando alrededor de 130 cohetes según cifras del Ejército israelí. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, respondió dirigiéndose directamente a Naim Qassem, líder de Hezbolá: "Usted y sus amigos pagarán un precio muy alto por el aumento de los ataques contra ciudadanos israelíes". Katz reiteró que echarán a Hezbolá del sur de Líbano y "erradicarán" su influencia en el país.
Lo que hace especialmente grave la situación de Líbano es su propia vulnerabilidad interna. Es un país multiconfesional con un historial sangriento de guerra civil que duró desde 1975 hasta 1990. Las tensiones actuales ya están resurgiendo en forma de rechazos de comunidades locales a los desplazados y una retórica de odio que crece entre grupos religiosos. El primer ministro Salam hizo un llamado desesperado pidiendo que la "fraternidad humana" prevalezca, pero la realidad en las calles de Beirut muestra que el conflicto no solo viene de afuera.
Fuente original: France 24 - Medio Oriente



