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Las megaobras del pasado: cuando la ambición choca con la realidad del bolsillo

Fuente: BBC Mundo - Economía

Los imperios antiguos dejaron infraestructuras impresionantes que siguen funcionando, pero la historia también está llena de proyectos que vaciaron arcas públicas y privadas sin cumplir sus promesas. Desde túneles que terminaron siendo circos hasta ferrocarriles incompatibles entre sí, los expertos advierten que las obras ambiciosas requieren realismo: reconocer que habrá errores y que los políticos a veces priorizan lo popular sobre lo racional.

Cuando uno observa los puentes, túneles y ferrocarriles que construyeron los victorianos hace más de un siglo, es fácil dejarse seducir por la idea de que esos tiempos fueron de visión clara y ejecución impecable. La realidad, según los historiadores económicos que han estudiado estos proyectos, es mucho más complicada y llena de lecciones incómodas.

Tomemos el primer túnel excavado bajo el agua del mundo, el que cruzaba el río Támesis en Londres. Fue un hito de la ingeniería civil, ciertamente. Pero para lograrlo murieron ahogados seis obreros, casi muere Isambard Kingdom Brunel, el hijo del ingeniero diseñador, y los inversores, incluyendo el Duque de Wellington, perdieron todo su dinero. El gobierno tuvo que intervenir para terminarlo, pero solo pagó la construcción del túnel, no las rampas necesarias para que pasaran los carros cargados de mercancía. ¿El resultado? En lugar de convertirse en una arteria vital para el puerto más importante del mundo, terminó siendo una atracción turística donde la gente veía tragadores de fuego y magos. Solo después, años más tarde, se integró a la red de ferrocarriles. Una obra que fue al mismo tiempo un triunfo ingenieril y un fracaso financiero monumental.

La historia de los ferrocarriles victorianos es igualmente instructiva. La competencia entre ingenieros famosos como Brunel y George Stephenson llevó a que los costos se dispararan por la obsesión de hacer proyectos más prestigiosos y glamurosos. Brunel incluso construyó toda una línea, la Great Western Railway, con separaciones distintas a las del resto del sistema. Esto obligaba a los pasajeros a bajarse con su equipaje y cambiarse de tren para completar viajes cortos. La ineficiencia fue tal que los precios para pasajeros y carga aumentaron tanto que terminó perjudicando la economía en lugar de beneficiarla. En otros países europeos donde los gobiernos participaban más en la planeación, los ferrocarriles fueron mucho más competitivos.

El primer puente colgante del mundo, el Menai Straits construido por Thomas Telford, tuvo que reconstruirse tres veces. Pero no todos los proyectos victorianos fueron desastres. La red de alcantarillado de Londres, construida por Joseph Bazalgette después de lo que llamaban "El Gran Hedor" (cuando las aguas negras que llegaban al Támesis hicieron insoportable la ciudad), es una obra que pocos se atreven a criticar. Fue financiada por gobiernos municipales, no por empresarios privados.

Los economistas que estudian este período ofrecen visiones distintas. Algunos dicen que el sector privado fue más rápido en terminar los ferrocarriles, lo que le dio al Reino Unido una ventaja competitiva importante. Otros subrayan que, sin esos proyectos aunque imperfectos, la situación habría sido peor. Pero hay una advertencia común: los políticos, buscando popularidad, frecuentemente priorizan proyectos que la gente quiere en lugar de tomar decisiones racionales y calmadas sobre qué infraestructura realmente necesita la sociedad. Un problema que, según los expertos, sigue ocurriendo hoy.

El Eurotúnel que cruza el Canal de la Mancha es un ejemplo moderno de cómo las ambiciones pueden convertirse en pérdidas. Los analistas calculan que ha generado una pérdida de aproximadamente 1.700 millones de dólares para la economía británica considerando que los costos han superado los beneficios reales que produce. La lección parece clara: las sociedades necesitan tomar decisiones audaces sobre su infraestructura, pero reconociendo desde el inicio que cometerán errores y que los costos serán reales. La ambición sin realismo no es visión: es desperdicio.

Fuente original: BBC Mundo - Economía

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