Las ánimas del purgatorio: de eso que casi nadie se atreve a hablar
Un columnista colombiano reflexiona sobre las creencias en las ánimas del purgatorio tras leer la novela "La mano que cura" de Lina María Parra Ochoa. A través de historias personales de amigos que aseguran haber sido protegidos por estas almas, el autor cuestiona por qué algunos temas siguen siendo tabú en la sociedad, incluso entre quienes se declaran ateos pero recurren a la fe en momentos de crisis. El texto invita al respeto por lo desconocido sin pretender tener todas las respuestas.
Hace poco me sumergí en la lectura de "La mano que cura", novela de la escritora antioqueña Lina María Parra Ochoa, y quedé cautivado de principio a fin. La historia gira en torno a un tema que pocos se atreven a mencionar en público: las ánimas del purgatorio. Mientras su protagonista, Lina, asimila la muerte de su padre organizando su biblioteca, descubre que posee dones heredados que le permiten invocar a esas almas para que la protejan. Lo que más me inquietó fue precisamente eso: la relación que describe entre los vivos y esos seres que supuestamente nos rodean cuidándonos.
Durante años he escuchado historias fascinantes sobre este tema. Recuerdo a Yudi Astrid Mira Muñoz, a quien conocí y aprecié, quien me contó que siendo joven madrugó a trabajar en primero de enero. Bien vestida, caminaba sola hacia el paradero del bus cuando pasó junto a unos hombres en la calle. Estaba asustada, pero ellos la ignoraron por completo. Al día siguiente, una vecina le preguntó a su madre para dónde había ido su hija en la madrugada acompañada de tanta gente. Cuando madre e hija conversaron, llegaron a la conclusión de que quiénes la habían cuidado fueron las ánimas del purgatorio, a quienes ella había invocado antes de salir de casa. Años después, conocí a Hader Suárez Marulanda, quien trabajaba en una universidad del centro de la ciudad. Una noche decidió caminar hacia su apartamento a través de un sector complejo e inseguro de la ciudad, invocó la protección de esas almas y se lanzó a la aventura sintiéndose custodiado. Al siguiente día, un compañero le preguntó para dónde iba la noche anterior acompañado de tanta gente. Hader sonrió al darse cuenta de lo que había sucedido.
Estos relatos, que reaparecieron en mi memoria al leer la novela, me dejan con preguntas que no encuentran respuesta fácil. Mi propia madre me sugirió rezarle un padrenuestro a las ánimas del purgatorio para que me despertaran a la hora que yo les indicara, y de alguna manera desconocida, así sucedía. Lo que me intriga es por qué existen tantas historias alrededor de los difuntos si estas cosas no tuvieran algún asidero en la experiencia colectiva. ¿Será lo mismo un ánima que un alma? ¿Qué son realmente los espantos? ¿De dónde provienen esos ruidos inexplicables a medianoche?
Lo que más me molesta es la hipocresía de algunos que, criados en sociedades donde se hablaba de espantos, brujas y hechizos, ahora se proclaman ateos categóricos por orgullo intelectual. Sin embargo, verlos invocar a Dios cuando están en peligro o enfrentan la muerte revela algo más profundo. Por mi parte, me declaro poco creyente, pero profundamente respetuoso de todo culto o creencia ajena, especialmente de aquello que desconozco. Prefiero no hablar de lo que ignoro. El mes de noviembre, dedicado a las ánimas, y la existencia de los animeros —esas personas que supuestamente sacan a las almas del cementerio a medianoche para que den una vuelta por el pueblo— son evidencias de que estas creencias tienen raíces profundas en nuestra cultura.
Lo que sí debo decir es que hay un valor en el respeto por lo misterioso, en reconocer los límites de nuestro conocimiento sin pretender desdeñar lo que otros encuentran significativo. De eso de lo que casi nadie habla, mejor es a veces guardar silencio inteligente que hablar sin saber. Lo que sí hago es recomendar la novela de Parra Ochoa: merece la pena leerla.
Fuente original: Minuto30

