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La yuca: el alimento humilde que guarda historias ancestrales y sagradas

Fuente: Guajira News
La yuca: el alimento humilde que guarda historias ancestrales y sagradas
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Un investigador cultural colombiano reflexiona sobre la yuca tras un episodio de salud que lo obligó a cambiar su alimentación. A través de poesía y mitos indígenas, el autor explora cómo este tubérculo trasciende la cocina para convertirse en símbolo de resistencia, memoria y conexión con nuestras raíces americanas. Para el escritor, comer yuca es participar de un ritual que une lo biológico, lo mítico y lo afectivo.

Hace poco, un episodio súbito de cetoacidosis diabética casi interrumpe mi existencia. Esa segunda oportunidad que me regalan la vida y el creador viene acompañada de un cambio radical en mi forma de comer. De repente, mi estómago debe aprender a convivir con alimentos extraños como la quinua, la chía y el nopal. Pero la ruptura más dura ha sido despedirme de la yuca, ese alimento que me ha acompañado toda mi existencia. Después de seis décadas de matrimonio indisoluble con este tubérculo, ahora debo aprender a vivir sin él. Inspirado en cómo nuestro sabio guajiro, el obispo Rafael Celedón, dedicó una oda poética al plátano, he decidido ofrendar esta loa a la humilde yuca en honra de lo que perdí.

La yuca es conocida con diferentes nombres según la región: mandioca en el Cono Sur y Brasil, guacamote en México. En cada preparación —casabe, bollo, carimañola, enyucado, yuca al mojo— se transforma sin diluirse, adaptándose a cada plato manteniendo su esencia. Existen variedades diversas: la yuca dulce, la amarga, la moniblanca, la playera, cada una unificándose en el paladar. En nuestra tierra cálida, donde el sol ilumina y madura, la yuca crece en silencio como guardando un secreto bajo sus raíces. Su piel áspera encierra una pulpa blanca o amarilla que, al contacto del fuego, se transforma en generosidad: se abre a un chorro de suero, a un puñado de queso rallado que redime cualquier salsa.

En su textura existe una dualidad fascinante: cruda es densa, casi inaccesible; al cocinarse se vuelve dócil, fibrosa, generosa al paladar. Se deshace sin desaparecer, dejando una huella terrosa que recuerda que todo alimento verdadero nace del suelo. Su origen es profundamente americano. Antes de las rutas comerciales, la yuca ya alimentaba cuerpos y culturas indígenas. Cada forma de prepararla —hervida, frita, asada, convertida en harina— mantiene su identidad. Siguiendo la gramática de la buena cocina, "la yuca no compite; se neutraliza y así sostiene y abraza otros sabores más fuertes, elevándolos".

En su aparente sencillez habita su grandeza. Pocas veces encontramos la yuca en recetas gourmet ni en restaurantes encopetados. Es el alimento que no busca protagonismo pero termina siendo indispensable, como la tierra misma: discreta, constante, infinita. No compite por sofisticación; conquista por cercanía, por eficacia en la repetición, en estar siempre ahí cuando el hambre acosa. Pero la yuca no solo alimenta: también recuerda. En su pulpa blanca late una genealogía más honda que el hambre. No es solo raíz, es un vestigio enterrado que insiste en brotar.

Comer yuca es participar de un ciclo sagrado: ingerir lo que alguna vez fue vida, transformada en alimento colectivo. En la chagra (ese universo donde la tierra no se explota sino que se conversa), la yuca no es un cultivo: es enseñanza. La poeta huitoto Anastasia Candre la sitúa junto a la abuela, "dueña del baile de frutas", quien siembra "con amor maternal" los palos de yuca. Su origen es mítico: nace de la muerte que se transforma en sustento. En el mito tupí, Mani, una niña extraordinaria, muere sin causa aparente y es enterrada en su propia casa. Su cuerpo se vuelve raíz "marrones por fuera y blancas por dentro". De su tumba surge la planta que saciará el hambre de la tribu. Desde entonces, cada yuca es una resurrección: se entierra y nace.

En otras leyendas amazónicas, Mani continúa hablando desde la tierra: "Soy yo, sácame…". La voz no desaparece; se desplaza. La yuca habla en su crecimiento, en su persistencia, en su ofrecimiento constante. En la cosmovisión taína, la yuca alcanza dimensión divina: Yocahú, "Señor de la yuca", no es simplemente un dios agrícola sino un principio vital vinculado al agua y al sustento. Así, la yuca no es solo una planta: es puente, es el alimento de la fidelidad.

La yuca no aspira a la espectacularidad de una estrella Michelin. No brilla como el trigo ni se mitifica como el maíz. Pero permanece con nosotros, aun desde la añoranza de quienes ya la tenemos restringida por la diabetes. En esa permanencia hay una forma de resistencia más poderosa que cualquier estridencia. Celebrar la yuca es reconocer una red compleja de significados en la que lo biológico, lo mítico y lo afectivo se entrelazan. Es aceptar que en cada trozo cocido hay algo más que sustancia: hay historia, hay pérdida, hay enseñanza, hay regalo y, en mi caso, hay la añoranza de sabores que me desprendió la enfermedad.

Fuente original: Guajira News

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