La ternura de una niña le devolvió la fe al fútbol a un hombre cansado
Un columnista recuerda el Mundial de México 86 como su primer encuentro con el fútbol, viéndolo en soledad a los siete años. Décadas después, el gesto grosero de James Rodríguez hacia Antonella, hija del presidente Petro, lo llenó de rabia y desesperanza. Pero la respuesta serena y perdonadora de la niña le enseñó que aún hay lugar para la ternura, devolviendo su fe en el fútbol y recordándole que este deporte trasciende sus burócratas.
Cuando tenía siete años, en 1986, mi familia se mudó de Manaure, La Guajira, a Valledupar, y luego regresó al pueblo natal. Fue durante esas vacaciones escolares cuando descubrí lo que significaba el fútbol. Frente a un televisor blanco y negro de apenas catorce pulgadas, sentado solo en un mueble, vi cómo Maradona desplegaba su genio casi divino. Fue mi primer amor con este deporte, mi primer encuentro con la magia que una pelota podía generar. No había redes sociales, no había pantallas gigantes. Solo un niño descubriendo que se podía ser feliz en soledad viendo algo que el mundo entero contemplaba.
Años después entendí que ese Mundial pudo haber sido en Colombia. Nuestro país renunció a organizarlo por crisis política y compromisos imposibles, decisiones históricas de las que un niño no podía saber nada. Lo que sí sabía era que el balón rodaba y algo dentro de mí le pertenecería para siempre al fútbol.
Pero hace unos días la rabia me golpeó. Vi el gesto grosero de James Rodríguez hacia Antonella, la hija del presidente Gustavo Petro, y los malos gestos de casi toda la Selección. Me llenó de pensamientos oscuros, de una tristeza que me hizo querer abandonar todo: la Selección, el Mundial, el fútbol mismo. Una grieta amarga se abrió entre aquel niño de 1986 y este adulto cansado de verlo todo ensuciarse. Pensé en la corrupción de la Fifa, en un Mundial al servicio de Estados Unidos bajo un gobierno que me repugna, en cómo la vida y el fútbol se empaña todo.
Entonces apareció Antonella. Su respuesta fue dulce, serena, perdonadora. Me desarmó completamente. Me recordó que no todo debe responderse con venganza, que todavía existe la posibilidad de devolver ternura donde hubo grosería. Esa lección simple pero profunda me hizo repensar todo. Recordé palabras de Jorge Valdano, compañero de Maradona en ese 86: "el fútbol es lo más importante de lo menos importante". También pensé en cómo Eduardo Galeano escribía sobre el fútbol como quien escribe sobre la infancia y la memoria de los pueblos.
Comprendí entonces que la Fifa no es el fútbol, así como el Vaticano no es el Evangelio. Los burócratas pasan, pero la camiseta queda, la memoria permanece. El Estadio Azteca seguirá siendo Azteca aunque la Fifa intente rebautizarlo, porque los nombres verdaderos no nacen en escritorios de negocio, sino en la memoria de quienes gritaron allí, de quienes heredaron esa emoción.
Hoy, mientras México inaugura otro Mundial en ese mismo Azteca, estaremos allí los niños de ayer, los adultos heridos de hoy, esperando que el fútbol nos devuelva aunque sea por un instante esa certeza de que todo es posible. Antonella, con su respuesta serena, me recordó que los humanos tenemos la opción de elegir ternura. Y por eso, gracias totales.
Fuente original: Diario del Norte



