La Guajira grita por paz: un dolor que atraviesa el alma de quienes la habitan

La columnista Fabrina Acosta Contreras expresa su preocupación por la violencia que consume a La Guajira, donde los homicidios se han convertido en cifras que normalizamos sin reacción colectiva. Plantea que el problema no es solo responsabilidad de gobiernos, sino de una ciudadanía que ha aceptado vivir en pánico y que necesita despertar hacia la convivencia sana. Hace un llamado a recuperar la humanidad, el respeto y el amor como formas reales de transformación social.
La Guajira sangra y quienes la amamos sentimos ese dolor en el pecho. Fabrina Acosta Contreras, columnista de Guajira News, escribe desde un lugar que muchos reconoceremos: ese donde la impotencia y el amor por la tierra se encuentran.
Vivimos momentos de caos absoluto donde la violencia avanza tan rápido que apenas alcanzamos a procesarla. Lo que más duele es que los homicidios en La Guajira ya no nos sorprenden, se han convertido en números fríos que reportamos en las noticias de la noche. Matan en los parques donde jugaban los niños, durante los sepelios, de formas tan brutales que pareciera que hemos perdido hasta la capacidad de indignarnos. Y lo que queda es miedo. Puro miedo a salir de casa, a sentarse en una terraza como antes, a vivir sin zozobra.
Para Acosta, la responsabilidad no recae únicamente en los gobiernos territoriales, aunque tienen mucho por hacer. El problema es colectivo. Todos nosotros hemos contribuido a normalizar esta realidad inhumana. Las violencias no siempre llegan con armas; muchas veces se camuflan en las formas pequeñas en que nos relacionamos: los conflictos en redes sociales, los señalamientos, las tensiones hasta en una fila de banco. Hemos aceptado una forma insostenible de existir como si fuera inevitable.
La columnista no habla específicamente de polarización política o de elecciones. Habla de la cotidianidad trágica que hemos normalizado en La Guajira. Cada acto de violencia mata más que vidas: mata la música, la poesía, la esperanza. Mata la posibilidad de ser.
Pero aquí está lo importante: Acosta no escribe desde la desesperanza. Escribe desde la humanidad sensible, pidiendo que volvamos a lo básico. Que dejemos de vivir en competencia constante, que recuperemos la capacidad de sentir, de perdonar, de fluir. No pide un mundo perfecto e irreal, sino uno donde el respeto sea una forma genuina de relacionarnos y no solo una palabra vacía.
Su mensaje final es una invitación a quienes la acusan de utópica: sí, es romántica y esperanzada. Cree que el diálogo, la sensibilidad y la capacidad humana de renacer pueden salvarnos. Mientras tanto, seguirá aportando luz a sus entornos, porque rendirse nunca puede ser la opción cuando está en juego el alma de una región entera.
Fuente original: Guajira News



