La envidia, el mal que nos impide apoyar a los nuestros

El columnista Fabio Clareth Olea Massa reflexiona sobre cómo la envidia ha impedido que Córdoba respalde a Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales. Señala que las castas políticas tradicionales del departamento, temerosas de perder poder, sabotearon la candidatura de su propio compatriota. El análisis muestra cómo los intereses familiares en la región han primado sobre la unidad nacional y el apoyo a un hijo de la tierra.
El ciclista "Cochise" Rodríguez dejó grabada una verdad que resuena en el pecho de cualquier colombiano: "En Colombia se muere más la gente de envidia que de cáncer". Esa frase incómoda retrata un vicio que llevamos enquistado como sociedad. El pasatiempo favorito en nuestro país parece ser demoler al otro con la lengua, ocultando así nuestra propia incapacidad o la falta de coraje para intentar lo que otros logran.
La envidia no es un simple asunto biológico. Es un mal cultural que corre por nuestras venas como un virus silencioso, intoxicando el alma y condenándonos a la ruina. Y no hay mejor ejemplo de esto que lo ocurrido con Abelardo de la Espriella en su propia región.
El pueblo decidió en las urnas que de la Espriella fuera nuestro presidente. Con ese mandato viene una responsabilidad: gobernar para todos, incluyendo a quienes votaron en su contra. La figura presidencial representa la unidad de la nación, y terminada la batalla electoral, el camino responsable era rodear la institución y desearle los mejores éxitos. De su suerte depende el futuro de todos.
Pero Córdoba no lo vio así. Ni en primera ni en segunda vuelta, la costa Caribe le otorgó el apoyo masivo que sí recibió de Antioquia y otros departamentos del interior. Para quien conoce la región, esto genera una tristeza profunda y una vergüenza que cala hondo. Un costeño, un hijo de la tierra, no fue respaldado por los suyos. Y la razón es simple: envidia y miedo.
Córdoba ha sido históricamente gobernada por los mismos clanes familiares. Las castas políticas tradicionales controlan todo: las gobernaciones, las alcaldías, los curules en el Congreso. La casa Burgos mantiene intacta su influencia. Surgieron nuevos apellidos como Jattin y Nader, se colaron otros como los Besaile y los Bechara, pero el poder sigue concentrado en pocos clanes. Abelardo de la Espriella, en cambio, no pertenece a esa estructura. Ni él ni su padre vinieron de esa casta política tradicional. Él mismo lo dijo en campaña: pertenecía "a los nunca", a quienes nunca habían gobernado.
Y ahí estuvo el problema. Esas élites tradicionales lo vieron como una amenaza, como un extraño que podía colarse en sus aposentos, alcanzar poder y relegarlos. Los celos y la envidia les hicieron sabotear políticamente a uno de los suyos para evitar que se convirtiera en una nueva fuerza política. No hay otra explicación para la actitud de la clase dirigente cordobesa, especialmente la de su propio terruño.
Nos comportamos con nuestro paisano como Caín en la historia bíblica: no lo matamos, pero esa era la intención política. Qué pena tener que admitirlo, pero fuimos "mala leche" con otro costeño que tenía una oportunidad histórica para representarnos. Mientras países como Argentina, México o Brasil siempre ponen lo suyo en primer lugar, nosotros los costeños ni siquiera pudimos ser hermanos con quien podía darnos representación presidencial. El resultado está en las cifras: derrota en la costa, especialmente en Córdoba y Montería. Quedó demostrado que "nadie es profeta en su tierra". Ahora esas castas políticas que lo sabotearon tendrán que ir a tocar puertas en la Casa de Nariño.
Fuente original: Guajira News


