La Costa rechazó a su hijo: reflexión sobre la envidia que nos divide
El columnista reflexiona sobre cómo la Costa Caribe no apoyó mayoritariamente a Abelardo De la Espriella en las elecciones presidenciales, a pesar de ser costeño. Atribuye esta actitud a los celos de las castas políticas tradicionales que vieron en él una amenaza a su poder. El texto critica esta falta de hermandad regional y la compara con lo que ocurre en otros países latinoamericanos donde se prioriza lo nacional sobre divisiones internas.
En Colombia nos mata más la envidia que cualquier enfermedad. Así lo dijo alguna vez el ciclista Cochise Rodríguez, leyenda nacional del deporte, con una frase que describe perfectamente ese veneno que nos carcome por dentro cuando vemos triunfar al otro. En nuestro país hemos convertido la crítica destructiva en un arte, en una forma de ocultar nuestras propias limitaciones y la falta de coraje para intentar lo que otros consiguen. Es casi como si la envidia fuera parte de nuestro ADN cultural, un virus silencioso que envenena el alma colectiva.
Lo que pasó en la Costa durante las elecciones presidenciales es un ejemplo vivo de esto. Abelardo De la Espriella, costeño de pura cepa, logró llegar a la Casa de Nariño, pero la región que lo vio nacer no le dio el respaldo que otros departamentos sí le otorgaron. Antioquia, el centro y el oriente colombiano lo apoyaron mayoritariamente, pero Córdoba, Barranquilla y el Caribe en general le dieron la espalda. Para quien ama su región, esto duele profundamente. Córdoba, especialmente, debió estar con su hijo en ese momento histórico, pero no fue así.
El problema está en las estructuras de poder que han gobernado la Costa desde siempre. Durante décadas, ciertos apellidos han controlado todo: los García Burgos, los López, los Jattin, los Nader y otros clanes que se reparten el poder político como si fuera propiedad privada. Cuando alguien de afuera, alguien que no viene de esas castas tradicionales, intenta llegar a la presidencia, ellos lo ven como una amenaza. No porque sea mal candidato, sino porque podría romper el equilibrio que mantiene sus privilegios intactos.
De la Espriella nunca fue de esos círculos cerrados. Su padre tampoco lo fue, aunque intentó entrar a la política en 1994 y fue derrotado por el candidato de la coalición tradicional López-Burgos. Por eso él mismo en campaña hablaba de que era de "los nunca": los que nunca habían gobernado. Eso que para muchos podría haber sido su fortaleza, su promesa de renovación, se convirtió en su debilidad dentro de la Costa. Las castas no querían dejarlo entrar. Les daba miedo que llegara al poder y los relevara.
Actuamos como el Caín de la Biblia: no lo matamos, pero teníamos esa intención política. No supimos estar a la altura como región para apoyar a uno de los nuestros cuando tenía la oportunidad histórica de representarnos. Fue un acto de pura mala leche, de esos que avergüenza decir en voz alta. Países como Argentina, México o Brasil nunca harían algo así; en esos lugares lo de adentro siempre es lo primero. Aquí no. Aquí preferimos la envidia del poder local a la gloria de tener un hijo nuestro en la presidencia.
Las cifras no mienten. En Córdoba, Cepeda ganó terreno en la segunda vuelta con más de 150 mil votos adicionales. En Montería igual. Barranquilla ni se diga, una ciudad que debe su transformación reciente a sus propios esfuerzos y gobernantes locales, no al Gobierno nacional. De la Espriella ahora tiene que ser presidente para todos, incluso para quienes en su tierra lo rechazaron. Y esos mismos que no lo apoyaron, los que lo vieron como una amenaza, tendrán que ir a pedirle audiencia a la Casa de Nariño.
Quedó claro que "costeño no vota costeño", mientras que Antioquia, ese departamento verdaderamente nacionalista, movió sus fichas para que tuviéramos un presidente costeño. Es una ironía que duele. A partir de hoy, quien escribe estas líneas se declara costeantioqueño, porque solo allá parece que entienden que el interés de la nación va por encima de los celos del poder local.
Fuente original: Diario del Norte

