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¿Favoritism en la cobertura? El debate sobre el papel de grandes medios en la campaña presidencial 2026

Fuente: The Archipielago Press

Durante la campaña presidencial de 2026, surgieron cuestionamientos sobre si algunos grandes medios actuaron como contrapoder independiente o como actores políticos más. Los casos incluyen la publicación tardía de audios comprometedores, la presión de un candidato sobre un periodista crítico que solo se reveló después de la votación, y una cobertura desigual entre los dos candidatos de segunda vuelta. El debate central es si la prensa priorizó coberturas según sus simpatías políticas en lugar de informar equilibradamente.

Medir la independencia de la prensa es tarea sencilla cuando investiga a los adversarios. Lo difícil es verla cuando informa sobre los candidatos que favorece. Esa fue la pregunta incómoda que marcó la campaña presidencial de 2026: ¿algunos de los grandes medios del país funcionaron como verdaderos contrapoderes o simplemente como un actor más en la contienda electoral?

Los hechos ocurridos durante esos meses alimentan esa inquietud. El más evidente fue el de los audios atribuidos al entonces Consejero de Paz, en los que supuestamente planteaba al Clan del Golfo "jugar a los congelados", una expresión interpretada como una invitación a una tregua temporal. Noticias Caracol los divulgó únicamente después de la segunda vuelta presidencial, aunque todo indica que el material provenía del computador incautado a alias Calarcá, el mismo que había servido de base para otras investigaciones que ese noticiero ya había difundido. Si esa cronología es correcta, surge una pregunta inevitable: ¿desde cuándo el medio tenía conocimiento de esas grabaciones y por qué esperó a que la elección estuviera definida para publicarlas? Hasta ahora esa explicación no ha llegado.

A eso se suma otra revelación que conocimos después de los comicios. El periodista Iván Gallo contó que el 2 de junio, tras los resultados de la primera vuelta, Iván Cepeda llamó molesto al medio donde trabajaba para exigir su salida, inconformes con las críticas que Gallo había formulado. Según el propio periodista, esa presión terminó con su desvinculación. Lo más preocupante no fue solo el hecho en sí, sino que Gallo guardó silencio durante tres semanas. Solo después de concluida la segunda vuelta hizo pública la historia. ¿Por qué esperar a que los ciudadanos ya hubieran votado para revelar un episodio que podía aportar elementos sobre el carácter y el estilo de liderazgo de un candidato presidencial? El peso de ese testimonio es mayor porque Gallo es un periodista identificado durante años con el progresismo, cercano ideológicamente a Cepeda. Por eso, su denuncia pone sobre la mesa una pregunta incómoda para cualquiera que se presente como defensor de las libertades democráticas: ¿tiene capacidad para convivir con la crítica, incluso la que viene de sectores afines?

La cobertura editorial mostró un desequilibrio evidente. En El Espectador, buena parte de sus columnistas expresó abiertamente su respaldo a Cepeda mientras cuestionaba con dureza a Abelardo de la Espriella. Los periódicos tienen derecho a asumir posiciones políticas, eso no es irregularidad en sí. El problema aparece cuando esa preferencia condiciona la agenda informativa. Algo similar ocurrió, según observadores, con Cambio y el espacio Los Danieles. Durante la última semana antes de la segunda vuelta concentraron una intensa producción sobre asuntos que comprometían a Abelardo de la Espriella: su nacionalidad estadounidense, los efectos jurídicos del juramento de ciudadanía, denuncias relacionadas con honorarios de una EPS, pagos por la defensa de Álex Saab, pronunciamientos de exmagistrados. Cada nuevo elemento se convertía en una noticia de amplio despliegue, mientras que la imagen de Cepeda aparecía construida principalmente alrededor de su papel como defensor de la paz y los derechos humanos, con mucho menor énfasis en controversias que también podían resultar relevantes.

Cada uno de esos temas sobre Abelardo de la Espriella podía ser legítimamente objeto de investigación periodística. Lo que merece análisis es la diferencia de intensidad entre el escrutinio aplicado a un candidato y el dispensado al otro. La pregunta real no es si los medios debían investigar a Abelardo de la Espriella. Debían hacerlo. La pregunta es por qué investigaciones potencialmente relevantes para evaluar a Cepeda parecieron recibir un tratamiento distinto, menor o tardío.

En una democracia, la confianza en el periodismo depende tanto de lo que publica como de aquello que decide no publicar o publicar cuando ya no puede influir en la deliberación ciudadana. Cuando una parte significativa de la opinión percibe que algunos medios investigan con rigor a unos y administran con cautela la información sobre otros, la principal víctima no es un político. Es la credibilidad misma de la prensa.

Fuente original: The Archipielago Press

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