Fajardo enfrenta su prueba de coherencia: el silencio ya no es opción

Sergio Fajardo publicó diez condiciones para sus electores y declaró que no negocia con nadie, pero luego guardó silencio ante la segunda vuelta presidencial. El columnista Luis Alonso Colmenares sostiene que Fajardo, quien ha construido su carrera sobre la ética y la transparencia, no puede evadir una decisión entre dos candidatos cuyas trayectorias morales son radicalmente distintas. El dilema expone si la coherencia de Fajardo es real o solo un discurso cómodo.
Sergio Fajardo se encuentra atrapado en una trampa que él mismo armó. Publicó un decálogo de diez condiciones para orientar a su millón de electores, dejó clara su posición sobre que los votos no son propiedad de los dirigentes sino de cada ciudadano, declaró que no estaba negociando con nadie, y luego desapareció. Ese silencio, el más ensordecedor de toda la campaña, dice mucho más sobre sus conflictos personales de lo que cualquier comunicado podría explicar.
El problema es que Fajardo construyó su vida política sobre un pilar inquebrantable: la ética por encima de todo, la transparencia como condición irrenunciable, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Eso lo repitió tantas veces que se convirtió en su marca. Ahora, enfrentado a elegir entre Iván Cepeda y Abelardo De La Espriella en la segunda vuelta, ese mismo principio lo empuja inexorablemente hacia una única dirección, aunque le incomode, aunque le cueste, aunque prefiera perderse en el silencio o votar en blanco como forma cómoda de escapar.
Aquí viene lo incómodo: las hojas de vida morales, éticas y judiciales de estos dos candidatos no son intercambiables. Pretender que lo son es una deshonestidad intelectual que alguien como Fajardo no puede permitirse. De La Espriella es abogado penalista cuya trayectoria profesional está documentada como defensor de personajes cuestionados de la historia criminal reciente colombiana. Ha representado legalmente a figuras vinculadas al narcotráfico y al paramilitarismo. Es un hecho de registro público, no una acusación política. Aunque el derecho de defensa es sagrado en cualquier democracia, la pregunta que Fajardo debe responder es ineludible: ¿es coherente con su vida entregarle el poder presidencial a alguien cuya práctica profesional ha estado al servicio de quienes destruyeron la institucionalidad que él dice defender?
Iván Cepeda es el opuesto. Su hoja de vida es la que cualquier demócrata de centro debería reconocer con honestidad: investigador persistente de crímenes de Estado, defensor documentado de víctimas del conflicto armado, un hombre que fue intimidado, amenazado y víctima de chuzadas ilegales precisamente por hacer lo que Fajardo pregona. Sus antecedentes morales, éticos y judiciales no solo son distintos a los de De La Espriella: son opuestos.
Sí, el programa económico de Cepeda tiene riesgos. La continuidad de la Paz Total, las tensiones con inversión privada, la compatibilidad con la regla fiscal, todo eso merece debate técnico serio. Pero Fajardo sabe algo crucial: un programa de gobierno se corrige en el Congreso, se ajusta con el tiempo, se renegocia con la realidad. Lo que no se corrige jamás es el carácter moral de quien ocupa la presidencia.
La coherencia no es un lujo cuando la construiste como el fundamento de tu carrera política. Es precisamente en el momento incómodo, cuando la decisión tiene un costo personal, cuando la coherencia se demuestra o se traiciona. Fajardo ya sabe por quién debe votar. Lo sabe desde que firmó su propio decálogo. La pregunta verdadera es si tendrá el coraje de decirlo y demostrarlo con su voto, o si el silencio seguirá siendo su refugio.
Fuente original: Guajira News


