En tiempos de insultos y traiciones, Colombia elige entre el miedo y la esperanza
El país vive una campaña electoral donde la violencia verbal, los insultos y las traiciones han reemplazado los discursos de propuestas. Mientras dos candidatos se disputan el voto con descalificaciones, el centro político pierde relevancia. Los ciudadanos están cansados del guerrerismo y del miedo como estrategia electoral, y buscan líderes que hablen de paz verdadera y reconciliación.
Colombia está viviendo una campaña presidencial que poco tiene que ver con aquella época cuando los políticos se enfrentaban con discursos, propuestas y promesas. Hoy, la violencia física y verbal se han normalizado en el catálogo de actividades de las fuerzas políticas que disputan el presupuesto nacional. La calumnia, la difamación, el maniqueísmo y la hipocresía son moneda corriente, mientras que las traiciones se cuentan entre los comportamientos más comunes.
Lo que más preocupa es que el debate ha sacado de la gente lo más bajo de la condición humana. La incoherencia se impone, el argumento de la fuerza es aplaudido, y la fuerza de los argumentos ha sido silenciada con la ayuda de algunos medios de comunicación que olvidan su función social de informar y orientar. El presidente Gustavo Petro, según se observa, se deja entretener respondiendo insultos hasta a personas que apenas son transeúntes del Palacio Presidencial. Todo indica que una paz verdadera no es negociable en esta contienda.
Lo más inquietante es que quienes proponen soluciones por la paz son señalados de cómplices del delito, mientras que los que piden guerra son aplaudidos como héroes. Esto sucede a pesar de que Colombia ha probado que la guerra total no logró acabar con la insurgencia, mientras que los procesos de paz lograron sacar del escenario del conflicto a miles de hombres y mujeres que mataban a sus propios hermanos y a policías y soldados hijos del pueblo como ellos.
Mientras tanto, el llamado Centro político ha quedado fuera del juego. Siguen como espectadores en un partido de ping pong, girando la cabeza de un lado al otro sin que nadie les preste atención. Han perdido tanta relevancia que ni los candidatos con posibilidades de ganar les importan. Uno de los candidatos, con su estilo directo de hablar sin fingimientos, está ganando terreno ante la ambivalencia de unos y los insultos de otros.
La gente ha dejado de tragar entero hace rato. En este país se acabó hasta la capacidad de sentir miedo como estrategia electoral. Los ciudadanos están cansados de escuchar historias sobre colapso venezolano y apocalipsis. Lo que importa ahora es quién puede garantizar que cada colombiano pueda dormir con algo en el estómago, dinero en el bolsillo y su familia cerca. Ese es el debate que falta en esta campaña.
Lo que se necesita es una paz verdadera, no de sepulcros. Es la única que puede salvarnos. Gaitán lo dijo bien claro: el pueblo es superior a sus dirigentes. Lo que falta es que los amargados de este país permitan que la gente viva sabroso, que es lo que realmente importa.
Fuente original: Diario del Norte

