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En San Andrés somos una sola masa: reconocernos es el primer paso hacia la salvación común

Fuente: El Isleño
En San Andrés somos una sola masa: reconocernos es el primer paso hacia la salvación común
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Un análisis sobre la realidad de San Andrés como isla donde todo está interconectado y la vida de cada persona depende del bienestar de todas las demás. Desde los problemas de servicios públicos hasta la gestión de residuos, nada queda aislado en un territorio tan pequeño. El texto invita a entender que la separación entre "mi problema" y "el problema público" es una ilusión peligrosa que solo perpetúa el deterioro colectivo.

En San Andrés no existe el lujo de la distancia. La vida aquí no transcurre en carriles separados donde cada quien va por su lado. Es más bien como una masa tibia y revuelta que respira junta, aunque muchos se empeñen en negarlo. Lo que se quiebra en un extremo de la isla resuena en el otro. Lo que se pudre escondido termina apestando la playa.

Somos una masa obrera hecha de médicos y barrenderos, profesoras y mototaxistas, cocineras, pescadores, enfermeras y vendedores. Gente que intercambia servicios, favores y promesas para sostener la vida día a día. En esa masa, nadie está tan arriba como cree estarlo. Cuando falla un vuelo, sufre el hotel, la posada, el restaurante, la señora que vende empanadas, el taxista y el músico. Se trata de un efecto dominó que toca a todos, sin importar cuánto dinero tengan en el bolsillo.

Compartir una sola ambulancia no es un detalle menor. Es como compartir un solo baño: parece problema de otros hasta que la urgencia lleva nuestro nombre. Lo mismo sucede con el agua. La bacteria no respeta estratos ni apellidos. Y la basura que termina en Magic Garden, esa montaña de malas decisiones donde dejamos todo lo que consumimos, no desaparece en una isla. Todo vuelve convertido en olor, humo, enfermedad y paisaje destruido.

La separación entre "mi casa" y "el problema público" es una ficción peligrosa. San Andrés no es una suma de individuos que van por su lado. Es una red viva donde cada nudo que se rompe debilita el tejido completo. No hay "otros" suficientes en una isla para que algunos se salven mientras el resto se hunde. Apenas hay turnos distintos para sufrir lo mismo.

Ningún bienestar individual se sostiene por mucho tiempo sobre un deterioro colectivo. El primer acto de salvación es reconocerse en esa igualdad frágil: todos ante el agua, la basura, la enfermedad y la ambulancia que tarda. Y desde esa igualdad, escoger juntos un camino distinto.

Por eso también importa votar como la masa obrera que somos: no desde la rabia prestada ni desde el favorcito que después se cobra caro. Votar sabiendo que nadie se salva solo y que cada decisión que toman en las oficinas públicas termina, tarde o temprano, entrando a nuestra casa.

Fuente original: El Isleño

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