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En el púlpito, entre el cielo y el infierno: la fe frente a la realidad del Caribe

Fuente: El Isleño
En el púlpito, entre el cielo y el infierno: la fe frente a la realidad del Caribe
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Un relato sobre una prédica en una iglesia caribeña donde el reverendo habla de "heaven or hell" mientras en la congregación conviven historias de dolor, pérdida y resiliencia. El columna reflexiona sobre cómo la fe intenta responder a las dificultades reales de la vida en la región, desde la envidia y la violencia hasta la muerte y el duelo. Es una meditación sobre qué significa la compasión y el consuelo en momentos de crisis.

El tercer pastor se acerca al púlpito y la prédica gira en torno a cómo vivir en comunidad, siguiendo la filosofía del Muntú. El orden es siempre el mismo: coro, prédica, coro de nuevo, palabras para la familia. Cuando el reverendo pronuncia "Heaven or hell", algo se quiebra en el oyente. Es el momento de gritar mentalmente "hell", porque esa palabra resume demasiado de lo que se vive en estos territorios.

Lo sorprendente es cómo el reverendo, con voz filosa, articula "hell" casi en sincronía con aquel pensamiento que ha estado trabajándose durante toda la prédica. Un pensamiento que ha terminado de desmontar cualquier idea romántica sobre vivir en el Caribe. Aquí está la envidia, la muerte, la pestilencia, las extorsiones, las adicciones. El reverendo sigue recitando con fervor: "Sodoma y Gomorra". Pero hay algo en esa comparación que no cierra, que suena hipócrita desde la banca.

Mientras esto ocurre, en la congregación están las historias que nadie cuenta en los sermones. Miss Loreine está ahí, silenciosa, después de haber llorado nueve noches completas. Ha desmalezado el patio como gesto de ofrenda, limpiando la inmundicia dejada por los hombres. Antes ayudó con la cena. No pronuncia palabra. El góspel la acaricia mientras intenta armarse con las piezas que le quedan. El observador intenta mantener la atención repasando los rostros alrededor: gente que lo conoce desde la infancia. Los viejos sentados con los viejos, los jóvenes con los jóvenes. Él está en la banca junto a los ancianos, admirando la tersidad de sus pieles aunque ronden los ochenta años. Hay miedo en esa admiración. Miedo a la ancianidad, a llegar a ese lugar desconocido que no se parece nada a donde crecieron estos ancianos.

El reverendo sigue instando a la congregación a prepararse para el último día. Termina mencionando que el muerto, muerto está. Es entonces cuando el observador camina directo a abrazar a Miss Loreine. En ese gesto está la respuesta que la prédica no logró dar completamente. ¿Qué es la compasión sino reconocer en el otro a alguien que duele? ¿Qué es el consuelo sino tocar con las manos al otro? No es su hijo, pero es como si fuera su hijo. Y en tiempos donde el infierno parece estar demasiado cerca, ese abrazo es quizás el cielo que el reverendo intentaba describir desde el púlpito.

Fuente original: El Isleño

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