El ruido del picó en San Andrés: cuando celebrar significa asfixiar a toda una comunidad

Un columnista de San Andrés denuncia cómo el ruido ensordecedor de los equipos de sonido y picós ha invadido la isla, obligando a los residentes a cerrar puertas y ventanas incluso en días de calor sofocante. El problema va más allá de la molestia: fragmenta el tejido social, impide que se escuchen llamados de auxilio y representa una violencia que ya ha dejado muertos en enfrentamientos con la policía. Aunque se defiende como parte de la cultura local, el autor cuestiona si el derecho individual a celebrar justifica condenar la salud y tranquilidad de toda una comunidad.
En San Andrés, mientras el calor implacable del verano quema la carretera circunvalar y reseca los cultivos, hay algo que hace más insoportable aún la temperatura: el ruido. Un vecino ha sacado su picó, el más potente del barrio, para celebrar un cumpleaños. Con las puertas y ventanas cerradas en medio del sofoco, la casa vibra. Las paredes cobran vida como trampas de sonido, el bajo penetra el pecho como si fuera un marcapasos impuesto, y la voz de los padres ya no se escucha.
Esta no es una molestia pasajera. Desde hace décadas, los residentes piden piedad con el volumen. El vecino ha crecido, pero no ha madurado, escribe el columnista. Lo que comenzó en los años 80 como una transculturación llegada desde Cartagena se instaló sin diálogo con las dinámicas propias de la isla. Hoy, cualquier celebración se convierte en una guerra de sonido que fragmenta la convivencia.
Cuando se pide bajar el volumen, la respuesta es siempre la misma: es mi cultura, es mi derecho a celebrar. Pero el picó trae violencia consigo. El columnista recuerda un decreto de ruido aplicado hace años en San Luis, cuando la Policía llegó a controlar el volumen en un baile. La respuesta fue a tiros. Murieron dos agentes. El sonido también mata.
Lo más grave es lo que el ruido destruye en el camino: el tejido social. Cuando el estruendo lo invade todo, dejamos de escuchar la agonía de un vecino enfermo, el pedido de ayuda de un adulto mayor, el llanto de un niño con dolor en los oídos, una advertencia a tiempo. Como en la historia que su profesora Aurea Manuel le contaba siendo niña sobre un hombre y una serpiente en un estadio lleno: mientras el público gritaba sin control, la serpiente dejó de escuchar las órdenes. El hombre seguía silbando, desesperado. Nadie lo oyó. La serpiente lo apretó hasta asfixiarlo.
En San Andrés siguen dentro de ese estadio. El barrio creció sin planeación, casas construidas hasta el último metro sin espacio ni para una ambulancia. Todavía hay algo de verde, aún se escuchan las aves migratorias, los niños montan bicicleta. Pero esa tranquilidad es fácilmente amenazada en nombre de la individualidad, la cultura y el emprendimiento.
El columnista se hace una pregunta que persigue: ¿no sienten, no se enferman, no envejecen los dueños de esos equipos? ¿No tienen hijos, padres adultos ni abuelos? No es la música lo que está en discusión, ni la personalidad rumbera de quienes celebran. Es el volumen. Es la imposición. Es la incapacidad de escuchar al otro con una solicitud vital. Porque cuando el ruido lo invade todo, como en la fábula de la serpiente, seguimos apretando hasta asfixiarnos.
Fuente original: El Isleño

