El lenguaje figurado no es solo cosa de poetas: vive en la calle colombiana

Las figuras retóricas como metáforas, símiles e hipérboles no son patrimonio exclusivo de la literatura. En el habla popular colombiana, especialmente en la costa, estas expresiones forman parte del pensamiento cotidiano y la forma de nombrar la realidad. Desde el mercado hasta la calle, los colombianos usan la creatividad lingüística para dramatizar, exagerar y comunicar con picardía e ingenio.
Cuando hablamos de lenguaje figurado, muchos lo asocian directamente con la poesía y la literatura. Pero la verdad es que las metáforas, los símiles y las hipérboles no viven solo en los libros ni en las canciones románticas: campean libres en la boca del vendedor del mercado, del mecánico, del mototaxista y de cualquier colombiano en la calle. El linguaje figurado es parte de cómo pensamos, discutimos, bromeamos y nombramos la realidad en nuestro día a día. Lo que sucede es que se viste menos de frac literario y más de camiseta y chancleta.
En el español hablado en Colombia, estas figuras no son simples adornos para embellecer lo que decimos. El símil y la metáfora son herramientas para comparar y transferir sentidos: cuando alguien está "fresco como una lechuga" o dos personas "se parecen como dos gotas de agua", estamos ante símiles que buscan impacto expresivo, no precisión. En el Caribe colombiano existe una particularidad curiosa: se usa la conjunción "ni" como conector de comparación, en expresiones como "los bigotes ni paredilla llena de goleros" o "la barriga ni iguana harta de cogollo". Estas construcciones no solo comparan, sino que dramatiza y exageran simultáneamente.
La metáfora es aún más directa que el símil. Sin conectores que medien, una palabra se traslada a otro significado para aludir a algo diferente. Son metáforas bien colombianas expresiones como "ella es mi uña y mugre", "tengo tremendo chicharrón", "le solté los perros", "eres mi llave" o "ese niño es mi motor". Todas nacen de lo concreto: la cocina, el cuerpo, los animales, el mercado, el trabajo. Cuando alguien dice "dar papaya", no habla literalmente de fruta, sino de facilitar que otro aproveche la ocasión. El oyente no solo entiende: visualiza. En las culturas populares, esto enfatiza cómo construimos sentidos juntos.
La hipérbole, por su lado, exagera deliberadamente una emoción o situación. En el habla popular funciona mucho para generar humor: "más largo que una semana sin carne" no mide el tiempo con exactitud, sino comunica una espera interminable. "Más contento que marrano capado" no describe felicidad, sino euforia desmedida que hace sonreír por su propia desproporción. Expresiones como "más aburrido que un mico en una ferretería" o "más flojo que un pedo de cura" crean imágenes tan exageradas que se quedan en la memoria. Es la forma que tiene el pueblo de ponerle gracia, picardía y sabor a lo que dice.
También está la personificación: dar cualidades humanas a cosas que no las tienen. "Amaneció bien bravo el sol hoy", "esa camisa te va a hablar", "ese computador me está molestando", "la silla está bailando mucho". En la música vallenata clásica aparece cuando un río se pone celoso o cuando el sol muere de celos. Es el mismo recurso que usan los poetas, pero operando en otro nivel del lenguaje.
Lo interesante es que estas figuras no siempre salen de los diccionarios ni de los textos escolares. Circulan en conversaciones familiares, en el trabajo, entre comadres en la tienda o en la oralidad urbana y rural. Cumplen función comunicativa, pero también social: evalúan conductas, aconsejan, advierten, irónizan y generan empatía. Frases como "de eso tan bueno no dan tanto" o "las cuentas claras y el chocolate espeso" condensan sabiduría popular en expresiones certeras y agudas que se integran al repertorio de dichos y refranes de la región. Por eso siguen vigentes: no solo dicen algo, sino que lo dicen con sabor, ritmo y una marca local bien reconocible.
Fuente original: Guajira News



