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El idioma que nos une y nos divide: por qué hablamos mucho pero nos entendemos poco

Fuente: El Isleño
El idioma que nos une y nos divide: por qué hablamos mucho pero nos entendemos poco
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El lenguaje nació de la necesidad humana de coordinarse para sobrevivir, pero con el tiempo se convirtió en algo más complejo: una forma de construir sentido y realidad. En territorios con varias lenguas conviven distintas maneras de nombrar el mundo, lo que genera tensiones y malentendidos constantes. Aunque hablamos más que nunca, a menudo nos quedamos en la superficie sin realmente comprendernos.

Hablar nunca fue un lujo. Hace miles de años, cuando nuestros antepasados necesitaban cazar juntos, protegerse mutuamente u organizarse para sobrevivir, descubrieron algo fundamental: solos no podían. Entonces vinieron los primeros sonidos, los gestos, las señas. No eran discursos filosóficos ni explicaciones del mundo. Eran simplemente herramientas para actuar juntos.

Con el paso del tiempo, todo cambió. El lenguaje creció y se sofisticó. Dejamos de señalar solo lo que está presente y empezamos a hablar de cosas ausentes, a recordar, a anticipar el futuro. Las palabras ganaron un nuevo poder: el de interpretar. Y cuando interpretamos, no solo transmitimos información. Creamos realidades. No es lo mismo decir pérdida que abandonó. No es lo mismo llamar raizal que local. Cada palabra carga consigo una forma particular de ver el mundo.

En lugares donde conviven varias lenguas y culturas, esto se nota más. No existe una única manera de nombrar lo que existe. Hay cruces, tensiones, traducciones continuas entre formas de entender. Y aquí está la paradoja incómoda: pese a toda esa riqueza de voces, algo falta. Hablamos constantemente, pero pareciera que no siempre nos entendemos. Las conversaciones rasguñan la superficie. Se repiten posiciones, se defienden ideas, pero cuesta atravesar hacia lo que realmente importa.

Eso no sucede por accidente. El lenguaje tiene límites que muchos olvidan. Hay sentimientos que no caben en palabras. Hay pensamientos que se pierden en la traducción. Las palabras que usamos vienen cargadas de historia, de cultura, de relaciones de poder que las anteceden. Algo siempre se escapa en ese proceso.

Por eso hablar es necesario, pero escuchar de otra forma es urgente. No se trata de estar listos para responder, sino de reconocer que la otra persona nunca es completamente accesible. Siempre hay una parte que se nos escurre. El lenguaje no borra la distancia entre nosotros, pero la hace soportable.

Cuando se celebran días como el del idioma en territorios multilingües, debería ser más que un acto simbólico. Debería ser una pausa para preguntarse si estamos usando las palabras para acercarnos o para separarnos. Si nuestros debates son reales o solo repeticiones de lo que ya creemos.

Porque al final, el lenguaje es aquello que nos hace humanos. Pero también es aquello que pone a prueba esa humanidad cada día.

Fuente original: El Isleño

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