ÚltimasNoticias Colombia

Colombia

El fracaso de Paloma Valencia: cuando la amplitud política se convierte en dilución de identidad

Fuente: Diario del Norte

La candidata presidencial Paloma Valencia llegó a la contienda con ventajas claras: más de 3 millones de votos en la consulta interna, respaldo de la maquinaria uribista y la oportunidad histórica de ser la primera mujer presidenta. Sin embargo, su campaña naufragó porque intentó ser demasiadas cosas al mismo tiempo, abandonó a su base conservadora persiguiendo el voto del centro, no entendió el fenómeno emocional que representó su competidor Abelardo De la Espriella y transmitió divisiones internas constantes. Al final, una campaña sin identidad clara no logra conmover a nadie.

Después de un tiempo alejado de las canchas como columnista, vuelvo más convencido que nunca de que la política tiene una ley brutal: no basta con apellido, partido, dinero ni estructura. Las campañas que nacen con épica pueden terminar siendo contradicciones ambulantes. Y la de Paloma Valencia parece haber recorrido exactamente ese camino hasta su fracaso. Su error fundamental fue intentar ser demasiadas cosas simultáneamente y perder su esencia en el camino.

Valencia comenzó con ventajas tangibles el 8 de marzo. Obtuvo más de 3 millones de votos en su consulta interna y casi 6 millones en el proceso general. En política, eso se cuenta y se aprovecha. Tenía además la maquinaria del uribismo institucional, reconocimiento nacional, una narrativa clara de oposición y algo histórico: la posibilidad de ser la primera mujer presidenta del país. Contaba con unidad en varios sectores y oportunidad de captar votos del centro ante dos propuestas que muchos consideraban radicales. Pero en el momento decisivo confundió amplitud con dilución. Una campaña sin identidad clara es como un barco sin bandera en medio de una tormenta.

El primer error fue estratégico. Quiso seducir al centro sin consolidar antes a su base de derecha. En política, abandonar tu gente para perseguir un electorado que nunca termina de confiar en ti es suicidio lento. Valencia suavizó el discurso, moderó tonos, buscó parecer conciliadora y menos confrontacional, pero olvidó algo: en una sociedad donde la radicalización ganó terreno, la gente demanda líderes que se parezcan a ella. El centro nunca dejó de verla como uribista de origen, mientras la derecha comenzó a verla como tibia. Quedó atrapada en tierra de nadie. Como dijeron muchos en redes: "quiso ser de derecha fingiendo ser de centro".

El segundo error fue subestimar el fenómeno emocional que significó Abelardo De la Espriella. Mientras Valencia hablaba desde la institucionalidad y el establecimiento, De la Espriella conectaba con el votante herido, rabioso y cansado de la política tradicional. Él entendió lo elemental: después del gobierno Petro, una parte importante de la derecha no quería moderación sino fuerza, ruptura y castigo. Su estilo de incorrección política, su tono de outsider y su dominio de la comunicación digital lo convirtieron en la propuesta que capturaba la atención. Valencia omitió ese tono de seguridad y fuerza que buscaba la gente.

Otros errores erosionaron su credibilidad. La fórmula vicepresidencial con Juan Daniel Oviedo intentaba transmitir pluralidad pero generó ruido permanente. La campaña mostró divisiones internas, diferencias de discurso y momentos donde Valencia corregía públicamente a su fórmula. En política, la percepción de desorden mata más rápido que cualquier mal programa de gobierno. Además, abandonó la coherencia ideológica con propuestas que parecían populistas: subsidios improvisados y ofertas desconectadas de su tradición doctrinaria. Incluso el expresidente Uribe, en tono irreconocible, intentó tender puentes en Antioquia de formas que debilitaron la imagen de autoridad que supuestamente Valencia representaba.

Valencia también creyó que ganar una consulta interna equivalía a consolidar una mayoría nacional. Interpretó su victoria como un cheque en blanco de toda la oposición, pero se equivocó: la derecha ya no es un bloque uniforme. El voto opositor se fragmentó entre quienes querían experiencia institucional y quienes ansiaban ruptura emocional con el sistema político.

Hubo además un problema de narrativa. Su campaña nunca construyó una idea poderosa de futuro. Habló del desastre, del miedo, de la crisis y de Petro. Su concepto estratégico, "Colombia más grande", no resonó. Las elecciones no se ganan únicamente administrando el rechazo; se ganan ofreciendo destino. Mientras otros candidatos tejían relatos emocionales, Valencia quedó atrapada en el lenguaje técnico de la oposición tradicional.

Al final, Paloma Valencia no cayó por falta de inteligencia. Cayó porque confundió amplitud con identidad y porque en tiempos de furia, la moderación mal ejecutada termina viéndose como debilidad.

Fuente original: Diario del Norte

Noticias relacionadas