El error matemático que enreda el debate del salario mínimo 2026 en Colombia

Dos economistas descubrieron que la polémica sobre si el salario mínimo debe subir 23,7% para 2026 se basa en un error de cálculo fundamental. El problema no es ideológico sino metodológico: se están comparando cifras que no son comparables, como si midieran con metros y con kilos al mismo tiempo. Cuando se corrige el error, la conclusión cambia radicalmente y la brecha entre productividad y salarios se reduce significativamente.
Hace semanas el país se dividió entre quienes defienden el aumento del 23,7% al salario mínimo para 2026 y quienes lo rechazan. La controversia incluyó argumentos políticos, técnicos y hasta teorías conspirativas. Pero dos economistas, Leonardo Urrea y Christian Gómez Cañón, dicen que el verdadero problema no está en las ideologías sino en cómo se están haciendo las cuentas.
En Colombia, desde 1996, el salario mínimo se ajusta con una fórmula que combina inflación y un indicador llamado Productividad Total de los Factores o PTF. Esta es una medida teóricamente sofisticada pero abstracta que depende de supuestos difíciles de comprobar. El economista Daniel Ossa cuestionó este método y propuso usar en cambio la productividad laboral, que es más simple: el PIB total dividido entre el número de trabajadores o las horas trabajadas. Hasta aquí, el debate parecía lógico. Pero Urrea y Gómez encontraron un problema grave en cómo se está usando esta alternativa.
El error clave es uno de unidades de medida, tan simple como confundir metros con kilos. El cálculo que circula compara la productividad por hora trabajada (según datos internacionales) con el salario mínimo real mensual colombiano. Eso no es válido porque en Colombia el salario mínimo se paga por mes y por trabajador, no por hora. La comparación correcta sería productividad por trabajador versus salario mínimo por trabajador. Cuando Urrea y Gómez hacen el cálculo correctamente, el resultado es completamente distinto. Hasta 2024, el salario mínimo real ha crecido entre 15% y 19% por encima de la productividad por trabajador desde 1994. Esto significa que muchas de las conclusiones que sugieren aumentos aún mayores se desmoronan una vez se corrige la comparación inconsistente.
Pero hay más problemas con usar cualquier indicador de productividad. Si una empresa produce más gracias a una máquina nueva, la productividad laboral automáticamente le da todo el crédito a los trabajadores, ignorando que fue la inversión en tecnología la que generó el aumento. Además, un promedio nacional único es problemático: no puede ser lo mismo que el salario de un mesero en Barranquilla, una profesora rural o una empleada doméstica se determine por lo que sucede con los precios internacionales del carbón en La Guajira. La productividad de la minería intensiva en capital no tiene nada que ver con esos sectores.
Hay un problema más perverso: en 2020, cuando la pandemia golpeó duramente, las horas trabajadas cayeron mucho más que el PIB, así que la productividad por hora se disparo aparentemente. Si se hubiera usado ese dato para fijar el salario, habría sugerido un aumento descomunal en el peor momento económico en décadas. Lo opuesto sucede en la recuperación: cuando se contrata masivamente, la productividad baja, sugiriendo aumentos menores justo cuando hay más capacidad de pago.
Los economistas explican por qué las dos mediciones dan resultados tan diferentes. En las últimas treinta años, el promedio de horas trabajadas ha caído y más sectores ofrecen jornadas cortas. Así, mientras la productividad por hora se duplicó entre 1995 y 2024, la productividad por trabajador apenas creció 40%. No es que cada persona produzca el doble, sino que en promedio trabaja menos horas.
La conclusión de Urrea y Gómez es clara: "El argumento de que existe una brecha creciente entre productividad y salarios se basa en comparar magnitudes que no son comparables. La unidad de medida importa y, en este caso, cambiarla transforma por completo la conclusión". El debate colombiano sobre el salario mínimo, dicen, requiere más que batallas de cifras sueltas. Necesita rigor conceptual, comparaciones coherentes y honestidad con los números, por encima de las conveniencias políticas.
Fuente original: El Colombiano - Negocios