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El coronel Francisco Javier Romero: entre la historia, la literatura y los fantasmas de Barrancas

Fuente: Diario del Norte

Un investigador guajiro rastrea la verdadera historia de su antepasado, el coronel Francisco Javier Romero, quien aparece en la biografía de García Márquez como protector de la familia durante un crimen que inspiró "Cien años de soledad". Al revisar documentos eclesiales y textos históricos de la Guerra de los Mil Días, descubre que las versiones difieren sobre quién fue realmente este personaje, demostrando que ni su bisabuelo ni su abuelo estuvieron involucrados en el fatídico suceso de 1908 en Barrancas.

Hace una década, mientras leía la biografía de Gabriel García Márquez escrita por Dasso Saldívar, un investigador guajiro encontró la primera pista de su propia historia. Allí estaba el coronel Francisco Javier Romero, mencionado como combatiente liberal durante la Guerra de los Mil Días, luchando junto al coronel Nicolás Márquez, abuelo del Premio Nobel colombiano. Pero ese descubrimiento inicial sería apenas el comienzo de una búsqueda que lo llevaría a desentrañar hechos, mitos y confusiones que han rodeado a su familia durante más de un siglo.

La investigación profundizó cuando buscaba documentar la historia de Barrancas, el pueblo al sur de La Guajira de donde proviene su línea materna. En conversaciones con las hermanas Solano Solano, le hablaron de un episodio violento que marcó al pueblo: la muerte de Medardo Pacheco Romero. Este crimen, cometido por el padre de Luisa Santiaga (madre de García Márquez), quedó grabado en la memoria colectiva de Barrancas y luego resurgió transfigurado en la literatura cuando "Gabo" lo convirtió en parte de su obra maestra. Según Dasso Saldívar en su biografía, "el general Francisco Javier Romero, otro tío de Medardo, protegió durante varios días en su casa a Tranquilina Iguarán Cotes y a sus tres hijos: Juan de Dios, Margarita y Luisa Santiaga, quien acababa de cumplir tres años" (p. 43 El viaje a la semilla).

Lo curioso es que los registros históricos presentaban inconsistencias sobre quién era exactamente este Francisco Javier Romero. Mientras la biografía de Saldívar lo mencionaba como general, otros documentos de la época lo identificaban como coronel. Las crónicas de Juan Lázaro Robles sobre la Guerra de los Mil Días lo graduaban de coronel cuando "acompañado del doctor Octavio Gómez y de un batallón, se le comisionó para que regresara a la Quebrada de Moreno a recoger los heridos" (p. 92). Lo que sí era claro es que Francisco Javier Romero y Nicolás Márquez compartieron espacios de combate en la región, lo que sugiere compañerismo militar y una causa común.

El investigador decidió no quedarse con las versiones que circulaban de boca en boca. Consultó documentos eclesiales, partidas de bautismo, matrimonio y defunción. Lo que encontró lo sorprendió: su bisabuelo Francisco Javier Romero había muerto de forma natural el 17 de enero de 1903, cinco años antes de que ocurriera el asesinato de Medardo Pacheco Romero en Barrancas. Su abuelo, Francisco Javier Romero Gómez, conocido como "Pachito", apenas tenía 16 años en 1908. Ambos estaban fuera de cualquier sospecha.

La historia se vuelve aún más compleja cuando otros autores retoman la narrativa. En 2024, Gabriel Eligio García Torres publicó "La casa de los García Márquez", un texto que ratifica la versión de Saldívar sobre la protección que brindó el general Francisco Javier Romero. Incluso el mismo García Márquez, en su autobiografía novelada "Vivir para contarla" (2002), abordó el tema con prudencia, reconociendo que el hecho "dividió a las familias del pueblo, incluso a la del muerto. Una parte de esta se propuso vengarlo, mientras que otros acogieron en sus casas a Tranquilina Iguarán con sus hijos, hasta que amainaron los riesgos de una venganza" (p.52).

Lo que empezó como un crimen en Barrancas el 19 de octubre de 1908, durante la octava de la Virgen del Pilar, terminó metamorfoseado en la literatura como Prudencio Aguilar, ese personaje que persigue a Aurelio Buendía en "Cien años de soledad". Los muertos de la literatura colombiana a veces pesan más que los de la historia, y esta es la prueba: mientras Medardo Pacheco Romero fue olvidado por los registros civiles, su sombra sigue recorriendo las páginas de la novela más importante del país, sorteando caminos de memoria entre la guerra de mil días y el remordimiento de cien años.

Fuente original: Diario del Norte

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