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El camino de Tomás: de la duda a la fe en el Resucitado

Fuente: El Isleño
El camino de Tomás: de la duda a la fe en el Resucitado
Imagen: El Isleño Ver articulo original

Un análisis reflexivo sobre la figura del apóstol Tomás como espejo de la experiencia de fe moderna. El texto plantea que Tomás representa a todos nosotros que no presenciamos directamente a Jesús pero estamos llamados a creer por testimonio. También cuestiona si la iglesia actual ha cerrado las puertas al mundo por miedo, en lugar de salir a evangelizar y servir a los más necesitados.

Tomás el gemelo representa algo profundo en la fe cristiana. Su nombre mismo nos habla de hermandad: es gemelo nuestro porque está exactamente donde estamos la mayoría de creyentes hoy en día. No vimos al Señor resucitado, pero nos llama a creer a través del testimonio de quienes sí lo vieron. Tomás también es gemelo de Jesús en otro sentido: estaba dispuesto a morir junto a él, lo amaba sin reservas aunque no comprendía completamente su camino.

Los discípulos encerrados con las puertas cerradas aquella tarde son el prototipo de lo que somos muchos de nosotros. Estamos temerosos y desconfiados, pero también más vulnerables y inseguros. Vivimos encerrados en nuestras seguridades, alejados del vigor espiritual, pasivos frente al mundo moderno, sin la alegría y convicción que debería caracterizar a una comunidad creyente. El miedo nos ha convertido en jueces y censores. Cuando tenemos miedo no es posible amar el mundo, y si no lo amamos no lo miramos como lo mira Dios. Entonces ¿cómo comunicaremos la buena noticia?

El texto plantea una pregunta incómoda: ¿Quién de nosotros dejaría sus seguridades y negocios para buscar a las ovejas perdidas? ¿Quién visitaría cárceles, enfermos, ancianos? ¿Quién se acercaría con compasión a los adictos, los explotadores, los corruptos, aquellos que viven lejos de Dios o hablan mal de la iglesia? La respuesta es dolorosa: muy seguramente nadie se atreve a salir. Probablemente también nosotros tenemos las puertas cerradas y nos hemos fabricado nuestro propio sepulcro.

El aislamiento es el mal originario. Cuando Tomás se aleja de la comunidad después de la muerte de Jesús, corre el riesgo de perderse en la noche de la incredulidad. Vivir la propia soledad sin conexión con otros y con Dios es la raíz de todo mal. Pero Tomás nos enseña dos pasos cruciales en su regreso hacia Jesús. Primero, necesitamos dejar entrar al Resucitado. No somos superhombres, somos temerosos y frágiles, y es precisamente en esa debilidad donde Jesús viene a salvarnos. La fe cristiana crece cuando nos sentimos amados y atraídos por ese Dios cuyo rostro podemos vislumbrar. Las dudas vividas de manera honesta, como las de Tomás, nos rescatan de una fe superficial hecha solo de fórmulas vacías.

Mantenemos vivo el recuerdo de Jesús a través de sus palabras, sus enseñanzas y repitiendo sus gestos. La Palabra y la Eucaristía son los regalos precisos de su presencia viva entre nosotros. En presencia del Resucitado, el sepulcro de nuestros temores se abre a la paz y la alegría. El Señor de la Misericordia entra en nuestro encierro y nos muestra sus heridas como signo de su amor extremo.

El segundo paso es reconocer que el amor siempre es misión. El amor del Padre y del Hijo nos impulsa hacia los hermanos. La iglesia debe salir del sepulcro contemplando a través de las heridas del Resucitado el amor de Cristo. Esas manos perforadas y ese costado herido son la identidad del Resucitado, y nos sanan con su sangre. Estamos llamados a gritar como Tomás: Dios mío y Señor mío. Una pertenencia de amor recíproco donde Jesús es soberano de nuestras vidas, y esas heridas son la puerta siempre abierta por donde Dios viene hacia nosotros y nosotros entramos en él para compartirlo con los hermanos.

Fuente original: El Isleño

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