Después de votar, toca sanar las heridas que dejaron las campañas electorales
Las elecciones del 31 de mayo de 2026 han traído consigo una carga emocional que va más allá de lo político: han generado confrontaciones familiares, desgarros entre amigos y vecinos por desacuerdos de voto. Las redes sociales, influenciadores y la desinformación han transformado las campañas en espacios de odio y venganza. Un columnista de Diario del Norte reflexiona sobre cómo hemos perdido el respeto en la política y llama a la reconciliación una vez terminen las elecciones.
Toda elección tiene fecha de cierre. La del 31 de mayo de 2026 también pasará. Pero antes de que se disipe el polvo electoral, vale la pena preguntarnos qué nos ha dejado en la salud física, mental y social, y cómo todo esto ha afectado nuestro relacionamiento como seres humanos.
Las campañas de hoy no son las de antes. La carga emocional que traen viene agravada por las redes sociales, los influenciadores y esa maquinaria de desinformación que fabrica noticias falsas, distorsiona datos y hasta crea voces suplantadas. El resultado es palpable: familias divididas, amigos que ya no se hablan, vecinos de toda la vida que se miran con desconfianza porque no votaron igual, porque no apoyaron al candidato "correcto", porque simplemente no están de acuerdo. Y cuando no estamos con alguien en lo político, algunos pierden consideración, respeto, y hasta disminuyen la amistad.
Hemos llegado a un punto preocupante donde la reacción es venganza disfrazada. Hay quienes buscan el momento para "cobrársela al otro", para sacar a la luz sus errores, para ofender. Peor aún: algunos celebran en silencio el malestar ajeno, ese "fresco" que corre cuando le pasa algo malo a quien no piensa como uno. Esto está alimentando intolerancia, antisolidaridad, odio y sed de venganza. Todo eso que antes llamaban sencillamente mala educación, ahora lo llamamos polarización.
Cierto es que estos comportamientos no nacieron aquí. Muchos son importados, copiados de otras culturas y otros países. Pero eso no nos excusa. Hace poco, la política en los pueblos colombianos era distinta: un perifoneo respetuoso, campañas con ambiente festivo en los barrios, tertulias en las esquinas donde se debatía con pasión pero sin insultos, sin calumnias destructoras de honor ni de familias. Los candidatos daban argumentos a sus seguidores, no munición para atacar.
Lo que duele recordar es que las campañas pasan pero las heridas quedan. Un buen vecino vale tanto como un hermano, tal vez más. Las familias no solo están unidas por sangre: debemos mantenerlas hermanadas por amor, consideración y solidaridad. Cuando todo termine, tenemos que recuperar la voluntad de servir, el respeto mutuo y, sobre todo, la capacidad de amarnos los unos a los otros.
La primera tarea después de las elecciones debe ser la reconciliación donde sea necesaria. Reconocer que nos desviamos del buen comportamiento y prometer, con sinceridad, no repetir esa falta. Porque una nación no se reconstruye solo con votos: se reconstruye con vecinos que vuelven a verse a los ojos sin rencor.
Fuente original: Diario del Norte

