De los discursos elegantes a los insultos: cómo se degradó la política en Colombia
Tras las elecciones presidenciales del 31 de mayo, la democracia colombiana se mantiene en pie, pero la campaña dejó un rastro preocupante de agresividad política. Los candidatos abandonaron argumentos sesudos por insultos, calumnias y difamación. El verdadero peligro no está en el surgimiento de fuerzas alternativas, sino en el maquiavelismo de líderes que manipulan al electorado con miedo en lugar de propuestas.
La democracia colombiana pasó una prueba el 31 de mayo cuando los ciudadanos acudieron a las urnas a decidir quién gobernaría el país. Más allá de quiénes celebraran o guardaran luto por los resultados, lo importante fue que ni la intimidación, ni los insultos, ni el miedo lograron silenciar la voluntad soberana del pueblo. Las instituciones democráticas resistieron y el sistema político colombiano sobrevivió un domingo más. Ese es un logro que merece reconocimiento, porque en un país tan dividido entre razones y pasiones, el que aún sea posible elegir gobernantes a través del voto representa un lujo que no todos disfrutan en el mundo.
Pero hay un problema que quedó al descubierto y que empaña esa victoria democrática. Esta campaña electoral se caracterizó por una agresividad sin precedentes entre sus actores políticos principales. Olvidaron que están llamados a dar ejemplo a las nuevas generaciones. En lugar de ver discursos responsables con propuestas consensuadas, lo que predominó fue "gritería con calumnias, difamación, ofensas, madrazos y falsas imputaciones de unos para dañar a otros". ¿Cómo explicarles eso a nuestros muchachos cuando están creciendo escuchando y aprendiendo de esa porquería política?
El panorama se complica cuando falta argumentación. Entonces aparece el maniqueísmo: lo que yo hago es bueno y moral, pero lo que hace el otro es inmoral e impresentable. Se intenta manipular al electorado, asustarlo, e insultar a quien piense diferente. Ya no se trata de convencer con ideas, sino de acobardar con acusaciones infundadas. Eso ha tirado por el piso la política colombiana.
El verdadero peligro para la democracia no viene del surgimiento de nuevas fuerzas políticas que le quitaron poder a los partidos tradicionales convertidos en microempresas familiares. El verdadero peligro está en ese maquiavelismo de muchos líderes que se autoproclamam mesías y prometen que sin ellos la República se disuelve. Es una mentira para engañar, porque saben que el sentido de autopreservación es más fuerte en las personas que cualquier otra cosa.
Lo más alarmante es que ya en elecciones legislativas, alcaldías y gobernaciones, la meta no es ganar en las urnas sino eliminar a la competencia. Eso nos recuerda los peores años del fin de los ochenta, cuando la violencia política alcanzaba niveles intolerables. Aunque ahora hay menos candidatos asesinados, la lógica es la misma. Y el riesgo es evidente: si en caso de un conflicto político grave el país arde, como decía un abuelo de por aquí, "lo bueno es para su dueño, pero de lo malo toca todo el mundo".
La política necesita recuperar la grandeza que tuvo en otras épocas. Necesita políticos que sirvan al pueblo, no que se sirvan de la gente. Solo así la democracia colombiana podrá fortalecer lo que le queda de salud.
Fuente original: Diario del Norte
