De la ciénaga al agua potable: la historia de campesinos que levantaron Nicaragua hace 40 años
Más de cuatro décadas atrás, un grupo de campesinos sin tierra se atrevió a colonizar una inmensa ciénaga en Pinillos, Bolívar, transformándola en una comunidad próspera. Ruperto Fonseca, de 76 años y uno de los fundadores, recuerda cómo enfrentaron disputas, inundaciones y dificultades extremas para quedarse. Hoy, con entre 80 y 150 familias viviendo principalmente de la agricultura, Nicaragua recibe la llegada del agua potable, un logro que cierra un ciclo histórico de sacrificio y perseverancia comunitaria.
En medio de lo que alguna vez fue una inmensa ciénaga surgió uno de esos pueblos que parecen imposibles. Hace más de 40 años, un puñado de campesinos sin tierra decidió llegar a este territorio pantanoso en Pinillos, Bolívar, buscando simplemente un lugar donde vivir y trabajar. Entre ellos estaba Ruperto Fonseca, quien entonces tenía poco más de 30 años y venía acompañado de su padre y un hermano desde sectores como Santa Coita, Coyongal y Las Martas.
Aquello no fue un viaje fácil ni mucho menos. "Esto era pura ciénaga. Nosotros veníamos buscando dónde trabajar y dónde vivir. Escuchamos que estas tierras habían sido abonadas por el río y decidimos entrar", recuerda Ruperto hoy, a los 76 años. Los primeros colonos tuvieron que pelear por cada metro de tierra. Enfrentaron disputas con familias que reclamaban el territorio y sobrellevaron condiciones de vida tan extremas que muchos habrían abandonado. Pero la necesidad de tener un hogar propio fue más fuerte que cualquier obstáculo.
Con el paso del tiempo, las familias fueron llegando paulatinamente y la ciénaga comenzó a transformarse. Los primeros años vivieron principalmente de la pesca, aprovechando la abundancia de peces en el agua. Luego iniciaron los cultivos de maíz, plátano y cacao, actividades que hoy siguen siendo el motor económico del corregimiento. Sin embargo, la naturaleza seguía siendo implacable. Cada creciente del río traía consigo inundaciones devastadoras que borraban cosechas enteras. La unión entre campesinos fue lo que les permitió organizarse, gestionar obras de control de agua y finalmente garantizar su permanencia en estas tierras.
Hoy Nicaragua es el hogar de entre 80 y 150 familias que viven del trabajo agrícola, la pesca, el transporte rural y pequeños negocios. Ruperto es testigo vivo de toda esa transformación. Tiene diez hijos, más de veinte nietos y bisnietos. A pesar de los achaques de la edad, asegura no arrepentirse de nada. "No me arrepiento de haber llegado aquí. Hemos vivido con esfuerzo, pero logramos construir una comunidad. Tenemos nuestros cultivos, nuestras familias y nuestras raíces. Me siento satisfecho con lo que hemos hecho", afirma.
La música ha acompañado la historia de Nicaragua desde sus inicios. Ruperto aprendió a tocar acordeón de su padre, una tradición que trasladó a sus descendientes. Durante años animó las celebraciones comunitarias con su música. Ahora, como creyente evangélico, toca como forma de alabanza y observa con orgullo cómo el talento musical continúa floreciendo en las nuevas generaciones de su familia.
Lo paradójico es que una comunidad que nació rodeada de agua tuvo que esperar décadas para contar con acceso adecuado a agua potable. Para Ruperto y sus vecinos, la llegada de esta obra de infraestructura representa mucho más que tuberías y acueductos. "Es una bendición. No es fácil que un gobernador llegue hasta un corregimiento como este. Nos sentimos contentos porque sabemos que vienen cosas buenas para la comunidad", expresa Fonseca.
A sus 76 años, Ruperto observa cómo el corregimiento que ayudó a fundar continúa creciendo y mejorando sus condiciones de vida. La llegada del agua potable representa para él la recompensa a una historia de esfuerzo colectivo que comenzó cuando un puñado de campesinos decidió convertir una ciénaga en un hogar. Más de cuatro décadas después, ese sueño que parecía imposible sigue dando frutos.
Fuente original: Las Noticias Cartagena


