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Cuatro años terminan, pero el verdadero cambio comienza con los colombianos

Fuente: Diario del Norte

El Gobierno saliente deja un balance mixto: avances sociales reales pero falencias en ejecución y economía. El país llega a un nuevo ciclo político cansado de promesas incumplidas y necesita menos slogans y más hechos concretos. El próximo presidente debe entender que gobernar es unir, no dividir, y que la credibilidad institucional es el capital más valioso que puede recuperar.

Hace cuatro años Colombia votó esperando cambio. Hoy, mientras se cierra ese ciclo político, el país se encuentra en un punto de inflexión: cansado de polarización, pero aún buscando esperanza. No se trata de negar lo que pasó ni de ignorar lo que viene, sino de hacer una lectura honesta de dónde estamos parados.

El Gobierno que termina dejó resultados que merecen reconocimiento. Los indicadores de pobreza monetaria y desempleo mejoraron, y lo más importante: puso en el centro del debate nacional temas que durante décadas fueron ignorados. La desigualdad, el acceso a la tierra, el hambre y la inclusión territorial dejaron de ser promesas de campaña para convertirse en conversaciones reales en el país. Millones de campesinos sintieron que había alguien escuchándolos. Se impulsaron reformas en protección social y se intentó diversificar la economía hacia actividades más sostenibles. Estos no son detalles menores.

Pero la honestidad también obliga a reconocer los fracasos. La distancia entre lo que se prometió y lo que se logró ejecutar fue abismal. Muchas reformas se quedaron en discursos bonitos o atrapadas en negociaciones políticas que nunca llegaron a buen puerto. El déficit fiscal creció, la deuda aumentó, y en varias regiones el abandono institucional continuó como si nada hubiera cambiado. La paz total, que era el hilo invisible que uniría al país, no fue posible. La inseguridad persiste. En lo económico, Colombia enfrentó una tormenta global de inflación y presiones fiscales que ningún gobierno hubiera querido heredar.

No hubo paraíso, ni tampoco apocalipsis. Lo que hubo fue un intento de girar el timón. Algunos giros se sintieron, otros apenas quedaron en palabras. Y eso, considerarlo normal en democracia, es importante. Ningún gobierno de cuatro años transforma un país de más de doscientos años de historia.

El reto real para el próximo presidente es simple pero exigente: debe responder con hechos, no con slogans. Necesita rodarse de colaboradores que trabajen por un equilibrio genuino en el desarrollo económico y social, que hablen con el mismo respeto al campesino que al empresario, que logren que cada peso gastado sea rastreable y que los números expliquen mejor que los adjetivos. La credibilidad es el capital más escaso y más valioso en este momento. Los colombianos ya no creen en promesas rotas.

Colombia no puede seguir empezando de cero cada cuatro años. Lo que necesita son consensos reales en educación, empleo, salud, seguridad y desarrollo regional. Consensos que trasciendan gobiernos. El verdadero cambio no comienza con un presidente, comienza cuando cada ciudadano deja de votar por ideologías o emociones y empieza a votar por proyectos sustentables que funcionen.

El país tiene razones para ser crítico, pero también para mantener la esperanza viva. Si el próximo Gobierno entiende que gobernar es unir capacidad técnica con sensibilidad social, que la nación es una tarea compartida que nos corresponde a más de 54 millones de colombianos, entonces Colombia podría entrar en una etapa más productiva. Esa es la expectativa más realista y necesaria que merecemos.

Fuente original: Diario del Norte

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