Cuando la política divide hasta las familias: el miedo y la desconfianza en las elecciones colombianas

Un columnista reflexiona sobre cómo las elecciones presidenciales de Colombia han generado tensiones familiares tan profundas que sus miembros guardan secreto sobre sus intenciones de voto por temor a represalias. A través de la historia de su prima Indira, quien reacciona con rabia ante las derrotas, el autor examina cómo el miedo y la desconfianza se han infiltrado en los hogares, replicando traumas políticos que vienen desde generaciones atrás.
Cuando juego parqués con mi prima Indira cualquier cosa se convierte en conflicto. Si pierde, no lo soporta: tumba las fichas, patea el tablero, se levanta furiosa de la mesa y me deja de hablar. Hoy que Colombia elige entre Iván Cepeda Castro o Abelardo de la Espriella Otero, pienso que ella vive las elecciones presidenciales exactamente así: como un juego donde lo que importa es ganar o perder, sin matices de por medio.
Pero ganar no es solo eso. Significa codicia, deseo voraz. ¿Qué está dispuesto a quitarle al otro con tal de vencer? En un país como el nuestro, herido por años de violencia, esa pregunta pesa diferente. No es un tablero lo que está en juego.
En la casa, la desesperanza se ha apoderado de todo. Mi prima anda recelosa, nunca se puede hablar con libertad cuando ella está cerca. Hace días que el voto se convirtió en un secreto de confesión. Hay quien me ha susurrado en voz baja: "Yo voy a votar por el candidato del Pacto Histórico, pero no le digas a nadie, las paredes tienen oídos." Mi mamá, por su parte, no sabe que en elecciones pasadas voté por el actual presidente. Si lo descubriera, literalmente me mata. Y vea que le tenga miedo a la mamá por eso.
Lo que está pasando en mi familia también ocurre en miles de hogares colombianos. Hay coacción, hay soborno, hay intimidación. Delitos contra la libertad individual cometidos entre quienes deberían amarse sin condiciones. Impera la ley del más fuerte.
Indira es suspicaz, obsesionada con lo que sube a redes sociales, histriónica. Pero hay algo más profundo: tiene aversión hacia ciertos vecinos, especialmente hacia quienes viven en pobreza, a los que llama de formas despectivas cuando no son blancos. Estas elecciones han desenterrado los miedos que la familia guardaba en silencio. Los mismos que la abuela vivió cuando tenía que esconderse en las lomas con sus hijos para escapar de la violencia bipartidista.
Es un trauma que ha pasado de generación en generación. Los nietos lo están excavando ahora, sin saber bien qué hacer con lo que encuentran. La pregunta que no tengo respuesta es: ¿cuánto tiempo más tendremos que cargar con esta angustia?
Fuente original: El Isleño
