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Cuando el poder llega, la ingratitud también: la lección que olvidan los que prosperan

Fuente: Guajira News
Cuando el poder llega, la ingratitud también: la lección que olvidan los que prosperan
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Un columnista reflexiona sobre cómo las personas cambian radicalmente cuando alcanzan poder económico o político, abandonando a quienes les tendieron la mano en tiempos difíciles. Usando la sabiduría popular y canciones tradicionales, advierte que esta ingratitud es pasajera y que tarde o temprano la vida cobra sus facturas. La verdadera lección, dice, es aprender a no transformarse cuando nuestras circunstancias cambian.

Hay una verdad incómoda que circula en los pasillos del poder: cuando algunos logran prosperar, se olvidan de dónde vinieron. Luis Eduardo Acosta Medina, columnista, retoma versos del compositor Leandro Díaz para desentrañar este comportamiento humano que parece tan común como el arroz partido. "Hay personas que cuando tienen otro vestido solo se llenan de pretensión", dice la canción, y eso resume perfectamente lo que Acosta ha visto a lo largo de su vida: gente que posa de humilde y generosa mientras necesita de los otros, pero que gira como media cuando logra tener "el garrote en la mano".

El columnista cuenta desde su propia experiencia cómo funciona esta transformación. Aquellos que reciben poder económico, político o social inmediatamente cambian de amigos y alejan sin contemplación a los familiares que consideran ahora innecesarios o incómodos. En su lugar llegan los aduladores, los que siempre dicen lo que quieren escuchar y nunca lo que deberían saber. Pero cuando llega el primer problema serio, esos mismos "correveidiles" y "lambones" desaparecen como ratas abandonando un barco que se hunde, dejando al capitán solo con sus arrepentimientos.

Acosta también señala un comportamiento que lo molesta particularmente: cómo algunos funcionarios públicos que alguna vez fueron cercanos ahora exigen intermediarios para hablar con ellos, una actitud que viola lo establecido en la ley que obliga a las autoridades a dar "trato respetuoso y considerado a todas las personas sin distinción". Pero la realidad es que hay que "cazar" a los funcionarios en sus oficinas esperando tener suerte de encontrarlos disponibles.

El punto central de su reflexión es desgarrador: no hay nada más desagradecido que la plata y el poder. Quienes se emborrachan de éxito tarde o temprano despiertan con el "guayabo de las ausencias", solos en la noche deseando resolver en un instante todos los enredos que causaron. En esos momentos de soledad, extrañan a aquellos "nadie" con quienes antes se sentaban en un andén comiendo raspao, y anhelan recuperar la sabiduría de los mayores que olvidaron cuando la ambición les encandilaba los ojos.

Acosta se plantea una pregunta inquietante: ¿El poder daña el corazón de las personas o ya eran así antes de que la suerte las visitara? No lo sabe, pero sabe que la vida, "como en obediencia a orden de procedencia divina", nos sacude y nos golpea para hacernos aterrizar. La verdadera gracia está en aprender a no cambiar cuando nuestras circunstancias cambian, para entender que es necesario dejar que la vida duela y así poder recibir alivio cuando Dios lo decida.

Al final, la conclusión es simple pero poderosa: el poder es transitorio y la ingratitud es la peor consejera. Las lecciones de la vida enseñan que habrá decisiones que tomar, cambios que enfrentar, miedos que afrontar y lágrimas que derramar, pero solo así nuestro corazón podrá hablar y Dios podrá guiarnos.

Fuente original: Guajira News

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