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Cuando el poder llega, la ingratitud no tarda: la lección que olvidan los que "triunfan"

Fuente: Diario del Norte

Un análisis sobre cómo muchas personas cambian radicalmente cuando logran poder económico o político, abandonando a quienes las ayudaron en los tiempos difíciles. El texto reflexiona sobre la transitoriedad de la fortuna y advierte que esa arrogancia de los que "llegan" eventualmente cobra factura. Leandro Díaz, el filósofo llanero, ya lo había advertido en sus canciones: todo en la vida es temporal y el mundo sigue girando sin importar quién crea ser alguien.

Hay una verdad que duele más de lo que debería: cuando alguien pasa de la escasez a tener un poco más, muchas veces se transforma completamente. No es que cambien de ropa, sino que se cambian a sí mismos. Como lo escribió Leandro Díaz, el filósofo natural: "Hay personas que cuando tienen otro vestido solo se llenan de pretensión. Sabiendo que el mundo cambia, así como cambia el tiempo, el hombre tiene momentos que uno nombra y es nada". Esas palabras, incluidas en la canción "Yo comprendo" que grabaron Jorge Oñate y "Colacho" en 1976, siguen siendo tan actuales como cuando se escribieron.

Lo que pasa es casi predecible. Alguien recibe un cargo importante, hereda una fortuna o llega al poder político y, de repente, desaparece de la vida de quienes lo conocían. Los amigos de toda la vida, los familiares que le daban consejos sin pedir nada a cambio, los que le tendieron la mano cuando no era nadie: todos quedan atrás. En su lugar llegan los aduladores, esos que le dicen lo que quiere escuchar, que le repiten que es el mejor y que no necesita de nadie. "Tu no necesitan de nadie, para eso estoy yo", le susurran al oído. Y mientras tanto, quien logró el poder se rodea de un comité de aplausos donde sobran los oportunistas y lambones.

Lo irónico, y lo que duele más, es que esos mismos que hoy rechazan a quienes los apoyaron, terminan buscándolos desesperadamente cuando la fortuna se voltea. Porque la vida, como dice Diomedes, es un baile en el que todos damos la vuelta. Cuando llega la primera mala noticia, cuando la justicia llama a la puerta o cuando el poder se desmorona, los aduladores desaparecen como ratas abandonando un barco que se hunde. Y ahí, solos y asustados, estos personajes se acuerdan de aquellos "nadie" a los que dejaron tirados, de esas conversaciones en un andén tomando un raspao, de los consejos sabios de los mayores que una vez despreciaron.

La pregunta que queda flotando es si el poder daña realmente el corazón de las personas o solo revela cómo eran desde el principio. Lo que es seguro es que hay una lección que nadie debería olvidar: pensar que nunca más necesitaremos de otras personas es el engaño más peligroso. La vida nos sacude, nos golpea y nos hace aterrizar cuando creemos que volamos. Por eso no hay nada peor que cambiar cuando la vida cambia, porque mientras que el poder es transitorio, la ingratitud deja cicatrices que no se cierran. La nostalgia llega tarde, cuando ya no hay marcha atrás y las puertas que se cerraron con prepotencia no vuelven a abrirse de la misma manera.

Fuente original: Diario del Norte

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