Cuando barrer bajo la alfombra se vuelve un acto de sensatez, no de cobardía

Un columnista reflexiona sobre cómo los dichos populares que hablan de ocultar lo vergonzoso han tomado nuevo sentido en la era de las redes sociales. Mientras antes esconder la propia basura era hipocresía, hoy algunos defienden gritar cualquier pensamiento como libertad de expresión. El texto advierte sobre cómo los discursos de odio normalizados pueden desencadenar violencia real, como lo muestran casos recientes de violencia política en Colombia y Estados Unidos.
En cualquier hogar colombiano todos conocemos esos dichos que la abuela solía mencionar: barrer por donde pasa la suegra o barrer bajo la alfombra. Ambas expresiones hablan de lo mismo, de esa tendencia humana de esconder lo que nos avergüenza, de mantener oculto lo que sabemos que está ahí pero que preferimos que nadie vea.
Lo interesante es que estos refranes siempre llevaron consigo una carga moral. Desde la educación cristiana tradicional nos enseñaron que podemos engañar al mundo, pero no a Dios, que existe un gran ojo que todo lo ve. Sin embargo, algo ha cambiado radicalmente. Hoy, con las redes sociales amplificando cada rincón de nuestras vidas, los valores que antes manteníamos escondidos bajo esa alfombra se gritan a los cuatro vientos como si fueran virtudes. Parece que la pantalla de un teléfono o un computador nos concediera una especie de inmunidad moral, y esa sensación se refuerza cuando miles de personas presionan un like o visualizan nuestros comentarios.
Esta transformación genera dos problemas serios que ya preocupan a varias sociedades. Primero, las redes sociales crean cámaras de eco donde la gente encuentra validación constante sin cuestionarse si realmente sus posturas son éticas. El usuario se rodea de seguidores que aplauden, se radicaliza, y pierde contacto con la realidad. Segundo, y más inquietante, esa violencia digital se traduce en violencia física. Los ejemplos recientes son desconcertantes: en Colombia se conmemora el atentado contra Miguel Uribe, mientras en Estados Unidos han ocurrido asesinatos políticos como el de Melissa Hortman, líder demócrata de Minnesota, junto con su esposo Mark Hortman, y la posterior muerte de Charlie Kirk, un líder del movimiento MAGA. Aunque cada caso tiene sus particulares, todos comparten un contexto de creciente polarización donde el adversario político deja de ser un ciudadano con quien se discrepa para convertirse en un enemigo.
Para Colombia esto debe ser una alarma especialmente preocupante. En un país que ha vivido conflicto armado interno durante décadas, sabe bien que la violencia es multidireccional, que los muertos llegan de muchos lados. Un llamado a la violencia normalizado puede desatar una onda incontrolable de enfrentamientos que reactiven dinámicas propias del conflicto, con consecuencias que van desde desestabilización económica hasta deterioro de la convivencia social.
Pero el asunto va más allá de política electoral. En la vida cotidiana, en el día a día, se está volviendo insoportable convivir con quienes creen tener el derecho de ultrajar a otros sin consecuencias. Se ha instalado la idea de que cualquier límite ético al lenguaje es automáticamente censura. Como resultado, la humillación, el insulto y la deshumanización se defienden como simples ejercicios de libertad de expresión.
Paradójicamente, lo que antes se consideraba hipocresía comienza a verse como sensatez. No todo lo que pensamos necesita ser dicho, y no todo lo que puede decirse debe convertirse en espectáculo mediático. A veces, la convivencia también depende de saber qué cosas vale la pena dejar bajo la alfombra, qué batallas no merecen ser libradas en espacios públicos, qué basura no necesita ser extendida para que todos la vean.
Fuente original: El Isleño
