Cómo convertimos a la gente en enemigos sin darnos cuenta

En las redes y las calles colombianas es fácil ver cómo las diferencias de opinión se transforman en enemistad personal. Cuando etiquetamos a alguien como "uno de esos", le quitamos su complejidad y quedamos atrapados en el miedo. Pero en una democracia real, el adversario no debe ser destruido sino reconocido como parte legítima del debate.
A los enemigos no siempre los encontramos ya hechos. Muchas veces los armamos nosotros mismos. Cogemos a una persona, le sacamos toda la complejidad que la hace humana, le pegamos una etiqueta y la empujamos al lado contrario de la conversación. De repente ya no es alguien que piensa diferente. Es "uno de esos". Pierde su historia. Gana un bando. Y cuando alguien queda reducido a un bando, lo único que nos sale es reaccionar desde el miedo.
El columnista reconoce desde su propia experiencia que el debate no siempre transcurre con la claridad que uno quisiera. A veces llega la urgencia de responder antes de entender, de defender una idea como si en eso estuviera nuestra dignidad, de escuchar una pregunta incómoda como si fuera un ataque. El cuerpo reacciona antes que la razón. Las palabras tocan heridas viejas y la defensa sale lista, sin pensar.
Pero no toda diferencia debería terminar en enemistad. Hay gente que discrepa, que contradice, que se opone y genera incomodidad. En una democracia de verdad, esas personas no son amenazas. Son parte del trabajo colectivo. El adversario no debe ser expulsado ni destruido: debe ser reconocido como alguien con quien se disputa el rumbo de la sociedad sin negarle su derecho a existir y a cambiar de parecer.
La historia de cada uno moldea la forma en que miramos a los otros en el debate público. Nadie llega virgen a esas conversaciones. Todos arriamos con educación, pérdidas, privilegios, miedos, heridas de clase, lealtades familiares e ideas propias sobre qué es autoridad, justicia, libertad y cuidado. Cuando esa historia personal toca otras formas de sufrir, de ser inteligente, de vivir, entonces la posición desde la que miramos el mundo cambia.
Esa biografía personal modifica cómo debatimos. Quien fue humillado puede escuchar una objeción como desprecio. Quien aprendió que equivocarse era peligroso puede defender una idea como si defendiera su vida entera. Quien siempre tuvo voz puede confundir la calma con superioridad. Debatir de verdad es reconocer que detrás de cada postura hay una arquitectura emocional que no se arregla gritando.
La neurociencia confirma lo que la política suele olvidar. Cuando una idea toca nuestra identidad, nuestro sentido de pertenencia o nuestros miedos más profundos, el cerebro reacciona como si fuera una amenaza física. La amígdala se dispara, el rechazo se activa, la corteza intenta ordenar el caos. Entonces el debate deja de ser conversación y se convierte en defensa de la supervivencia.
El trabajo real no está en la obediencia ciega sino en la regulación emocional: notar cuándo nos activamos, no soltar la primera frase que viene, preguntar antes de condenar, separar a la persona de su idea. Una democracia necesita pluralidad. Desde cualquier mirada progresista, los otros deben ser interpelados sin ser deshumanizados, confrontados y educados en derechos y justicia social, pero no borrados de la conversación. Cuando una sociedad destruye a quien piensa diferente, no defiende sus propias ideas. Solo confiesa que ya no sabe cómo sostenerlas.
Fuente original: El Isleño


