Colombia entre el colapso del viejo orden y la búsqueda de un nuevo pacto político

El país vive una crisis de paradigma político, no solo coyuntural. Las contradicciones acumuladas del modelo tradicional se han hecho insostenibles: desconexión entre indicadores económicos y realidad cotidiana, erosión de la confianza institucional, polarización que no dialoga. El reto no es solo derribar lo viejo, sino construir instituciones capaces de sostener lo nuevo con oficio y memoria de lo aprendido.
Durante más de seis décadas sabemos que la ciencia no avanza en línea recta sino en saltos bruscos. El físico Thomas Kuhn lo demostró cuando explicó cómo el conocimiento transita entre períodos de estabilidad y rupturas que llamó revoluciones paradigmáticas. Lo que muchos olvidan es que la política funciona igual: obedece a esa misma lógica de movimientos discontinuos.
Hoy Colombia atraviesa precisamente ese instante incómodo donde el viejo paradigma ya no aguanta pero el nuevo todavía no se consolida. Con un 2026 marcado por agotamiento institucional, demandas que se acumulan sin respuesta y una polarización que ya no busca el diálogo sino la colisión, la coyuntura cobra sentido si la leemos como la dinámica del ímpetu: ese empuje desordenado que busca un nuevo lenguaje político sin saber aún cuál será.
Durante años operamos bajo una "política normal": ciclos electorales previsibles, debates acotados, ajustes técnicos que pretendían calmar el malestar sin cambiar las reglas de fondo. Era la arquitectura de pactos tradicionales, la narrativa dominante sobre el Estado, la economía y lo legítimo. Pero esa normalidad era frágil. Bastó con que se acumularan suficientes anomalías para que el sistema colapsara.
Las contradicciones son innegables: la desconexión entre números macroeconómicos positivos y precarización que vive la gente en la calle, la desconfianza creciente en canales de representación que ya nadie cree, la judicialización de casi todo debate público, la fragmentación de mayorías políticas tradicionales. Cada una era manejable aislada. Todas juntas exponen que el modelo alcanzó su límite. Eso no es caos sin dirección; es una crisis de paradigma.
De ahí surge el ímpetu que recorre plazas, asambleas locales, redes digitales y hasta despachos oficiales. Pero aquí está el peligro y la oportunidad simultáneamente. Kuhn advertía que las revoluciones paradigmáticas no ocurren automáticamente: exigen un esfuerzo colectivo de reinvención, de traducción, de construcción de instituciones nuevas que logren sostener lo que viene. El ímpetu sin arquitectura se disipa en ruido. El ímpetu sin memoria histórica solo reproduce los errores del viejo orden con otro disfraz.
Desde territorios como la Guajira, donde el Estado ha sido más promesa que realidad, esta transición requiere oficio y humildad política. No basta destruir; hay que pactar lo que parecía imposible de negociar, distinguir entre lo urgente y lo estructural, entender que la legitimidad ya no se hereda sino se conquista demostrando capacidad de respuesta. Las fuerzas que hoy lideran el cambio enfrentan una pregunta incómoda: ¿qué paradigma ofrecen cuando ese ímpetu inicial se enfríe? La historia no premia a quienes solo saben romper, sino a quienes construyen para que perdure.
La política nacional no se está derrumbando: está mutando. En toda mutación hay dolor, pero también posibilidad. Si vemos este momento con esa lente de Kuhn, dejamos de ver únicamente caos y comenzamos a ver proceso. El país necesita urgentemente una política que piense más allá del grito inicial, que tenga la paciencia de construir un nuevo sentido común. Eso sí sería una revolución.
Fuente original: Guajira News



