Colombia ante las elecciones de 2026: un sistema político capturado por la mediocridad

La democracia colombiana enfrenta una crisis profunda de representación donde los aspirantes presidenciales carecen de visión de Estado y responden a élites extremistas y maquinarias regionales. El problema no es solo electoral sino estructural: ciclos políticos demasiado cortos condenan al país a la improvisación perpetua y al clientelismo. Sin cambios institucionales radicales que permitan verdadera planificación de largo plazo, Colombia seguirá atrapada en un menú donde todo cambia de nombre pero nada de fondo.
Las elecciones presidenciales que deberían representar el ejercicio cívico más importante de Colombia se han convertido en una farsa. Así lo plantea el columnista Arcesio Romero Pérez en su análisis de lo que se avecina para 2026. El diagnóstico es crudo: los candidatos que compiten carecen de una verdadera visión de Estado y responden principalmente a estructuras populistas y a élites de los extremos ideológicos. Esto no es un accidente del sistema, sino su resultado más lógico. La democracia colombiana ha sido capturada por máquinas políticas regionales que han convertido la representación popular en poco más que un trámite procedural sin contenido real.
Pero hay algo más grave aún que el calibre de los candidatos: la estructura misma del calendario electoral. Cuatro años es demasiado poco tiempo para que un gobernante piense en transformaciones profundas. Mientras que para una nación ese período debería servir para grandes cambios, la realidad política obliga a los mandatarios a pensar únicamente en lo que puedan mostrar antes de la siguiente campaña. Este cortoplacismo es una dictadura silenciosa que condena al país a la improvisación eterna. El ciudadano, mientras tanto, queda atrapado: vota por soluciones inmediatas que por su naturaleza no son sostenibles, pero no tiene otras opciones reales en un menú donde todo está cocinado con los mismos ingredientes del clientelismo y la ineficiencia.
Frente a este callejón sin salida, Romero Pérez invita a reflexionar sobre alternativas teóricas a la democracia representativa actual, no como un llamado al autoritarismo sino como crítica radical. Menciona la epistocracia, el gobierno de quienes tienen conocimiento cívico y técnico, aunque reconoce el riesgo evidente de elitismo. Otra idea que explora es la sortición o lotocracia, un sistema donde los cargos se asignarían por sorteo entre ciudadanos, lo que destruiría las maquinarias políticas y devolería el poder a la gente común. Incluso contempla brevemente figuras como la tecnocracia autoritaria, no como aspiración sino como expresión de la frustración ante la parálisis consensuada de la democracia actual.
Sin embargo, el columnista regresa al pragmatismo. Estas alternativas son útiles para exponer las fallas del modelo actual, pero no son soluciones mágicas. El verdadero problema no reside solo en cómo se elige, sino en la debilidad de las instituciones y el tejido social que debería sostenerlas. Mientras Colombia no madure institucionalmente y no reformule sus calendarios electorales y reglas de juego, seguirá condenada a elegir entre la resignación y el engaño. Para que la democracia deje de ser una ilusión, debe transformarse de un rito que ocurre cada cuatro años en un ejercicio cotidiano de exigencia y rendición de cuentas. De lo contrario, el naufragio electoral de 2026 no será sorpresa, sino el cumplimiento de un destino que los mismos colombianos han suscritos.
Fuente original: Guajira News



